Sin venir a cuento, el narcisista ha decidido que es perentorio darle caña a quienes pretendan erigir nuevas universidades privadas. Así, de repente, como si no hubiera problemas morrocotudos que atender dentro y fuera. Él, licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por el Real Centro Universitario María Cristina de El Escorial, y doctor en Economía y Empresa por la Universidad Camilo José Cela con una tesis doctoral bajo sospecha. Él, con su vocecilla aflautada de predicador melifluo y taimado.
Ha faltado tiempo para que los interesados, donnadies lameculos del gobierno cierren filas en torno a su temido líder. El argumento es bien sencillo: las universidades privadas (todas) son fábricas de títulos donde los papis ricachones compran a la carta el papelito con el que sus vástagos irán a engrosar las listas de paro juvenil.
Como si no sucediese lo mismo en la mayoría de las universidades públicas. Como si el nivel de las públicas (todas) fuese el de los años dorados de Oxford, Harvard, Stanford o el MIT. Como si el problema no fuera el nivel de analfabetismo práctico con que llegan los chicos a la universidad en España por culpa de un sistema "educativo" estúpido, diseñado por lerdos de ambos colores políticos para malograr lerdos. Como si una enseñanza universitaria pública y de matrículas bonificadas fuera de suyo el remedio para la acedia, el plagio y el chatgpt, y esa mentalidad abúlica que da por sentado (entre padres e hijos) que la continuación natural del instituto es la universidad. Craso error.
Y así hemos perdido por enésima vez la oportunidad de debatir a fondo y con serenidad, con ganas de servir y arreglar el problema, esta catástrofe llamada Universidad española. Porque el nivel de las privadas y el de las públicas —al menos en las Humanidades, que es donde me muevo— es muy bajo, conformista e infantil. Porque el problema es que la Universidad renunció hace mucho tiempo a ser el lugar donde se aspira a la excelencia del saber y a su custodia. Porque se permite que los matriculados se examinen con el escueto y ridículo bagaje de unos apuntillos de clase. Porque se admiten a trámite tesis de doctorado que parecen trabajillos de tres al cuarto, mal escritas y llenas, eso sí, de lenguaje inclusivo y chorradas sin cuento (o con mucho cuento). Porque el problema no es la matraca anticuada de ricos y pobres, el eco macilento de marxistas de medio pelo. El hecho incontestable es que la universidad, pública y privada, es una máquina expendedora de títulos para habilitar a los chavales para el —ojo al sintagma— mercado laboral.
Y si quieres mercado, eso tendrás: mercaderes que mercadean con el engaño de personas convertidas en mercancía.
Para mí la simple verdad es ésta: que no hacen falta más universidades, ni privadas ni públicas. Lo demás es, como siempre, burda demagogia.