lunes, 30 de enero de 2017

Paradigmas del futuro impaciente

Desde que ayer vi la final del Abierto de Australia, he estado dando vueltas a un pensamiento que tiene que ver con la paciencia, el tiempo, y la pervertida noción de "éxito" que se ha extendido, como una sombra sibilina y envenenada, hasta ocupar los recovecos y las más remotas esquinas de nuestro inconsciente. Dos jugadores del calibre de Federer y Nadal, dos estilos distintos, dos voluntades análogas. Un punto de apoyo común desde el que mover el mundo de su especialidad: la paciencia y una íntima convivencia con el paso del tiempo. Porque el paso del tiempo otorga perspectiva, conocimiento de sí, mesura, y ese intangible tan decisivo en el deporte y la vida: humildad. A lo largo de los últimos, digamos, treinta años, se ha ido imponiendo de manera exponencial una mentalidad del éxito a cualquier precio: la impaciencia como paradigma. Triunfar ya no es negociable a medio o largo plazo. El tiempo es vivido como escenario resbaladizo del instante.
El deportista que despunta gracias a su talento es proyectado —¡lanzado!— como un dardo que anhela el diez de la diana. De poco sirven las voces que aconsejan prudencia y paciencia: el aprendizaje paulatino de las habilidades, la automatización que sólo otorga la infinita repetición de los movimientos hasta que jugar a un deporte parece una segunda naturaleza, el recuerdo de algo que siempre se supo hacer. En el baloncesto, que de entre los deportes que me interesan es el escenario en que este erróneo modo de obrar se ha impuesto de manera más salvaje, hemos tenido en las últimas dos décadas ejemplos tristes de jugadores que han pasado de promesas fenomenales a estancamientos clamorosos. Juancho Hernangómez, jugador de los Denver Nuggets, es un caso triste de un chaval de veintiún años que se marcha a la NBA sin pensar que, aun siendo bueno, debería haber contado con la paciencia que "todo lo alcanza" para asentar su progresión y afianzar una candidatura a años vista, que le hubiese permitido desembarcar allá con los mimbres bien entrelazados. El propio Ricky Rubio es otro ejemplo de este parón evolutivo. En el otro extremo encuentro a Sergio Llull como el descarado de turno que disfruta de lo que hace desafiando las expectativas ciegas de los adoradores de lo efímero. Vivimos en un mundo "devoto de lo fútil e instantáneo" (Tolkien). 'I want it all, and I want it now', cantaba Queen. "Juventud, divino tesoro", cantaba el poeta. Prudencia, 'auriga virtutum', el Filósofo. Saquemos conclusiones.

viernes, 6 de mayo de 2016

El empalagoso sabor del Ego

Nosce teipsum: conócete a ti mismo. Tal era la leyenda (del latín legenda, lo que había de ser leído) grabada en el dintel de entrada al oráculo de Delfos. Y, puesto que no fue creado el ser humano para ser adorado como un dios, quizá ni siquiera como un héroe, toda magnificación del yo corre el riesgo de caer en la ampulosa vanidad de considerarse elegido por cualquier deidad pagana —uno mismo, por ejemplo—, y perder así la senda de la sabiduría que, en el decir de Cervantes, es la de la humildad (cfr Coloquio de los perros, una de sus Novelas Ejemplares).

A medida que esta marea de estulticia avanza de la pegajosa mano de la Modernidad, como un irrefrenable tsunami, tanto más imprescindible se revela esto que los cultos llaman un “cambio de paradigma”. Pues tal es el sentido de las cosas: el silencio creador, la conciencia de que somos lo que somos (ni más, ni menos), y que nuestro auténtico valor es pesado en una balanza por el único que puede discernir con verdad y justicia: con terrible misericordia, a partes iguales. Este cambio de paradigma debería apuntar, en opinión de quien esto escribe, a una ralentización de la vida, a un enseñoramiento del silencio interior, y a una revisión del lugar del yo en el conjunto.

Vivimos en un mundo que se adentra a toda velocidad en la negación de la búsqueda paciente de la perspectiva. Lo que sucede es sustituido ipso facto por lo que acaba de suceder que, a su vez, ya es pasado; de suerte que lo que viene a sustituir a lo anterior ha sido hecho sinónimo de progreso, y al no haber espacio ni tiempo para la ponderación, todo lo que de valioso posee cualquier tradición ha sido proscrito como obsoleto. Esta envenenada vorágine nos roba lo más importante: la valoración serena del sentido, que es hija primogénita de la prudencia.

¿Por qué este largo proemio en una reflexión sobre un deportista? Me explico. Pienso hace años que Kobe Bryant, a quien he seguido desde su debú en 1996, gastó su larga vida deportiva tratando de emular a Michael Jordan: lograr las mismas hazañas, copiar su estilo de juego y hasta el más mínimo de sus movimientos, batir sus récords. No se dio cuenta de que, como jugador de baloncesto, era extraordinario por méritos propios. Pero en una NBA cada vez más volcada en el instante sin perspectiva, repletas las canchas de egos demenciales y de aspirantes a serlo (a excepción de ese milagro llamado San Antonio Spurs y, más recientemente, Golden State Warriors, o aquí y allá alguna más que honrosa excepción), Bryant pasó a engrosar esa lista de talentosos jugadores obsesionados por la meta (el espejismo) de ser el siguiente MJ.

Tampoco asumió que esos méritos eran fruto de un talento recibido, y que no cabe envanecerse (ni por exceso ni por defecto, que es otra forma bastarda de orgullo) por los regalos que nos adornan ‘de fábrica’. ¿Anula esta afirmación el valor de su esfuerzo por mejorar y hacer de ese talento algo creciente? Creo que no. Pero pienso también que, puesto que la excelencia en el deporte no es sólo una téchné sino, sobre todo, un arte, la elevación de un deportista a la categoría de “grande”, “único”, “leyenda” o “mito”, exige una valoración de esos imponderables que, por no estar de moda desde la década de 1990, completan el retrato del deportista como un todo: un ser humano que practica una disciplina, que se mejora en su ejercicio como tal, y que es capaz de hacer mejores a los demás por medio de la elaborada ejecución de su talento. Pues sólo es artista quien pone su saber hacer al servicio del engrandecimiento de cada otro.

Pero la disciplina a que me refiero no está hecha sólo ni principalmente de entrenamiento, aunque es parte decisiva en la senda de la progresión, según aquello de san Agustín:

Si dices basta, estás perdido. Añade siempre, camina siempre, avanza siempre; no te pares en el camino, no retrocedas, no te desvíes. Se para el que no avanza; retrocede el que vuelve a pensar en el punto de salida, se desvía el que apostata. Es mejor el cojo que anda por el camino que el que corre fuera del camino. Examínate y no te contentes con lo que eres si quieres llegar a lo que no eres. Porque en el instante que te complazcas contigo mismo, te habrás parado.

El mundo del deporte profesional es, como Hollywood, campo sembrado de minas para el sentido común y la mesura, ingredientes básicos en la receta de la felicidad. Kobe Bryant ha vivido toda su trayectoria deportiva en ambos lugares, rodeado de toda la vanidad, la desmedida ambición y la simple estupidez humana que te susurra al oído sin cesar: “eres extraordinario”. Pero, en el decir de Manuel Vicent,

[l]a cuestión es asumir la vida como una conquista diaria sin que te ofusque la gloria del pasado ni te haga olvidar el futuro. Saber defender, saber encestar sin canasta, esta es la lección. Hoy, cuando el deporte de élite está gobernado por el dinero y cada palco de estadio parece una cueva de forajidos, cuando el destino del atleta consiste en llevar una marca de zapatillas a la meta, cuando la sed del vencedor sólo se aplaca con el anuncio de un refresco, es admirable (...)

ver otros modos de obrar, otra maneras de madurar. La de Vince Carter, por ejemplo: un veterano a punto de cumplir los cuarenta, jugador extraordinario y un atleta portentoso que, de equipo en equipo, ha sabido asumir que la vida pasa, que el papel del elegido es a medio y, sobre todo, a largo plazo, convertirse en mentor y maestro por la vía de la humildad.

Nada de esto he percibido en Bryant. Siempre soberbio, habitualmente centrando la atención en sus disputas con O’Neal (otro que tal), en acaparar todos los focos, en despreciar al rookie de turno o en humillarlo en los entrenamientos hasta esta última temporada.

Cuando estaba Jordan porque estaba. Cuando se fue, porque estaban LeBron James y alguno más. Siempre a la caza del cetro, siempre persiguiendo la gloria de otro. Números asombrosos jalonaron su carrera y lo acompañarán siempre. Será un ‘Hall of Famer’, por supuesto (un museo humano en que abundan los egos), y habrá vendido camisetas hasta del Barça. Estupendo. ¿Y?

Para quien esto escribe, un enamorado del Baloncesto desde los diez años, la figura (la esfinge) de Kobe Bryant se irá empequeñeciendo a medida que el Tiempo que todo lo barre, y que coloca cada cosa, persona y acontecimiento en la adecuada perspectiva, transcurra hacia otras costas y orillas en las que, así lo espero, el ego deje paso a una dialógica del nosotros, sin golpes en el pecho ni miradas cargadas de adrenalina y desafío al rival. Pues, no en vano, el basket es y será un deporte de equipo.


Spurs y Warriors siguen espoleando y dando la batalla, respectivamente, gritando con esa alegría carente de aspavientos a la estirpe de Kobe, que menos es más: a Westbrook y Durant (¡qué decepción!) en Oklahoma, revelador estado de los tornados que todo lo arrasan y nada dejan en el recuerdo; a LeBron y otras tantas liebres despectivas de toda tortuga, sedientas de oropeles, perseguidores de sombras y coronas marchitas.


viernes, 11 de diciembre de 2015

Ignorancia, libros y otras patologías

"Los libros curan la más peligrosa de las enfermedades humanas: la ignorancia" —Radko Tichavsky.
Es una de esas frases que van y vienen periódicamente, y que suena tan rotunda que parece innegable.
Yo no estoy de acuerdo. Si eso fuese cierto, cualquier lector avezado y constante sería sabio. Más aun: sería un santo, una persona sin mácula desde el punto de vista ético; un ejemplo a seguir hasta para Kant.
Pero la enfermedad humana más peligrosa es el orgullo, y tal dolencia no se cura leyendo. Ni tan siquiera los libros más extraordinarios pueden enseñarnos la senda de la verdadera humildad (de la verdad más íntima sobre quiénes somos de un modo tan exacto como doloroso).
Leer puede aumentar nuestro saber. Pero la historia está plagada de grandes, voraces lectores que al cabo terminaron siendo lobos para otros hombres. Y también, y esto es más consolador, de ignorantes que cambiaron su época con obras, palabras y silencios no recogidos en libro alguno.

Leer es sano, sí. Pero, al igual que sucede con los alimentos, depende del qué, el cómo, el cuándo, el con quién... y no meramente del cuánto.

domingo, 19 de abril de 2015

La alegoría del árbol caído


Había una vez un hombre que, como muchos otros antes y a la vez que él, había ido cortando golpe a golpe sus raíces hasta troncharlas de cuajo. Cuando después de no mucho tiempo el bosque de los hombres grises quedó en silencio y casi desierto, los troncos y ramas podridas (que siempre habían estado podridas) fueron recogidas por otros hombres que, confiados en la sombra que aquéllos proyectaban, vivían a la intemperie y padecían mucho frío en el cuerpo, y tristeza y angustia en sus almas.
—No hagáis leña del árbol caído— les dijeron algunos.
—Son ellos quienes han hecho de sí mismos leña y matojos, y hojarasca reseca. ¿Por qué no habríamos de calentarnos ahora, si ya ni siquiera dan el cobijo que nos otorgaba su fronda? ¿Qué les debemos, aun los que de entre nosotros no supimos ver que estaban llenos de gusanos?
Entonces uno de ellos añadió:
—Son ahora leña para uso común, pues no quisieron ser árboles hermosos cuando estaban recién plantados, y prometían llegar al cielo con sus orgullosas ramas en jardines públicos, anchos y gallardos. Su sombra vivía dentro de ellos; por eso su lumbre crepita ahora y relampaguea su luz sombría oscilando insegura contra sus tristes epitafios.



domingo, 5 de abril de 2015

Corazones descascarillados

"Con corazones rotos en miles de fragmentos será difícil construir una auténtica paz social" (Francisco, 'Evangelii Gaudium', n. 229).

Leyendo tantas cosas cada día, en la prensa y en las redes sociales, en libros de ensayo y novelas, es posible tocar los añicos del alma, arañarse e incluso hacerse sangre. Por eso, para explicar lo que es una amistad de forja se me antoja una buena imagen la del castillo viejo, raído de años y arrancado a jirones por los vientos: como esas camaraderías recias, bien cimentadas y robustas, donde hay lugar para tanta variedad como torres y troneras, almenas y vanos, adarves y barbacanas; pues así se convierte el compañerismo en amistad leal.

Frente a esa amistad verdadera y profunda se yergue el vistoso castillo de naipes, alarde fútil e instantáneo de vanidad, fuego de artificio de este o aquel logro. Y es ese tipo de trampa el que desbarata la amistad al dar pábulo a envidiejas y rencillas.

Corazones descascarillados. Eso es lo amable, lo real, lo imperecedero. Lo demás es tuitear algodón de feria, dulzón y empalagoso. Facebook de caras de verdad, no de museo de cera.

domingo, 22 de marzo de 2015

Bibliografía para ateos honrados



Biblia, beginning to end, alfa & omega, Genesis to the Book of Revelation
Catecismo de la Iglesia Católica
F. J. Sheed, Teología y sensatez, Herder, Barcelona 1984
C. S. Lewis, Cautivado por la Alegría, Encuentro
—, Dios en el banquillo, Rialp
—, Mero cristianismo, Rialp
—, Una pena en observación, Anagrama
—, Cartas del diablo a su sobrino, Rialp
—, El gran divorcio, Rialp
—, El problema del dolor, Rialp
—, Los cuatro amores, Rialp
—, Si Dios no escuchase, Rialp
Gilbert K. Chesterton, Ortodoxia, Acantilado
—, Autobiografía, Acantilado
Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido
Fabrice Hadjadj, La fe de los demonios (o el ateísmo superado), Nuevo Inicio
Juan Pablo II, Fides et ratio
Benedicto XVI, Deus Caritas Est
Romano Guardini, Las etapas de la vida, Palabra
San Agustín, Confesiones
Scott & Kimberley Hahn, Rome, Sweet Home
Hans Urs von Balthasar, Si no os hacéis como este niño. Ed. San Juan
—. Gloria. 7 vols. Encuentro
—. Teodramática, 2 vols. Encuentro
—. Teológica. 2 vols. Encuentro
—. El corazón del mundo. Encuentro
—. El todo en el fragmento. Encuentro
—. Escatología en nuestro tiempo. Encuentro
—. La oración contemplativa. Encuentro
—. Examinadlo todo y quedaos con lo bueno. Encuentro
—. María, Iglesia naciente. Encuentro
—. Vía crucis. Encuentro
—. Teología de los tres días. Encuentro
—. La verdad es sinfónica.. Encuentro
—. Abatid los bastiones, EDICEP
—. Sólo el amor es digno de fe.
—. Quién es cristiano.
—. Meditaciones sobre el credo apostólico.
— (2007). Examinadlo todo y quedaos con lo bueno: entrevista de Angelo Scola. Encuentro
Jean Dumont, La Iglesia ante el reto de la historia, Encuentro
José Ramón Ayllón, Dios y los náufragos, Belacqua, Barcelona, 2004.
Dorothy Day, La larga soledad, Sal terrae, Santander, 2000.
André Frossard, ¿Hay otro mundo?, Rialp, Madrid, 1981.
—, Dios en preguntas, Atlántida, Buenos Aires, 1998.
—, Dios existe, yo me lo encontré, Rialp, Madrid, 2001.
, No tengáis miedo, Plaza Janes, Barcelona, 1982.
Manuel García Morente, El hecho extraordinario, Rialp, Madrid, 2002.
Hyde Douglas, Yo creí, Luis de Caralt, Barcelona, 1952.
Janne Haaland Matlary, El amor escondido, Belacqua, Barcelona 2002.
Sergei Kourdakov, El esbirro, Palabra
Lamping Sevein, Hombres que vuelven a la Iglesia, Epesa
F. Lelotte, Convertidos del siglo XX, Studium
—, La antorcha encendida, Studium
—, La ciudad sobre el monte, Studium
J. M. Lustiger,  La elección de Dios, Planeta
Jacques Maritain, Cuaderno de notas, Desclee de Brouwer
Vittorio Messori, Algunas razones para creer, Planeta
---, Ipotesi su Gesù, Internazionale, Torino
---, Leyendas negras de la Iglesia, Planeta
Leonardo Mondadori, Conversione, Mondadori
Muller de Hauser, La llamada de Dios, Herder
Nedoncelle y R. Girault, Testimonios de la fe, Rialp
O’Brien, Los prodigios de la Gracia, Studium
J.M. Osterreicher, Siete filósofos judíos encuentran a Cristo, Aguilar
Giovanni Papini, Un uomo finito, Vallechi
Carlos Pujol, Siete escritores conversos, Palabra
Giovanni Rossi,  Hombres que encontraron a Cristo, Studium
Kenneth Simon, The glory of the people, McMillan, New York.
Raphael Simon, The Road to Damascus, O’Brien, New York, 1949.
Edith Stein, Autobiografía (estrellas amarillas), Espiritualidad
Pieter Van der Meer, Nostalgia de Dios, Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1955.
Marysia Szumlakowska, Amaneció de noche. Despedida de Narciso Yepes, Edibesa
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Conversos “célebres”; ya me entendéis:
(Muchos de ellos dejaron escritas sus memorias o autobiografías, en las que narran el antes y el después de su conversión. Recomiendo especialmente la de Sir Alec Guinness, Memorias, Espasa)

Beckwith, Norma McCorvey, Nidal Ranatunga, Pier Giorgio Tondelli, Jerónimo Lejeune (Nobel), Eugenio Zolli (gran rabino que fue de la sinagoga de Roma), Jean Maria Lustiger, Bernard Nathanson, Charles Peguy, Paul Claudel, Raissa Maritain, Gabriel Marcel, Max Jacob, Leon Bloy, Charles du Bos, Jean Cocteau, Huysmans, Julián Green, Alexis Carrel (Nobel), Pierre Lecomte, Carlos de Foucault, Louis Bouyer, André Frossard, Charles Dawson, G. K. Chesterton, C. S. Lewis, Robert Hugh Benson, Ronald Knox, Graham Green, Muriel Spark, Gerard Manley Hopkins, Edith Sitwell, Frederic Copleston, Thomas S. Eliot, Eric Peterson, Heinrich Schlier, Edith Stein, Von Hildebrand, el matrimonio Reinach, Gertrud von Le Font, Alfred Doblin, Ernst Jünger, Peter Seewald, Juan Donoso Cortés, Manuel García Morente, Carmen Laforet, Ernestina de Champourcin, Ramiro de Maeztu, Vittorio Messori, Leonardo Mondadori, Alessandra Borghese, Susanna Tamaro, Domenico del Rio, Laura Keynes, Leah Libresco, Magdi Allam, Pier Vittorio Tondelli, Joshua Horn, Jennifer Fulwiler, Svetlana Stalin (hija de Stalin), Gerard Depardieu, William Levy, John Wayne, Gary Cooper, Oscar Wilde, Evelyn Waugh, Graham Greene, Martin Sheen, Gregory Peck.

domingo, 8 de marzo de 2015

Preguntas sobre la Belleza

He encontrado estas preguntas que alguien me debió hacer para una entrevista que he olvidado.
¿La belleza es un valor subjetivo, relativo al gusto?
La influencia de las categorías estéticas kantianas, junto a la evolución de las artes visuales tras la Primera Guerra Mundial y las vanguardias, nos han llevado a dar por sentado que la belleza es lo mismo que el gusto personal. Por tanto, una categoría subjetiva y cambiante, dependiente de las modas. La recuperación de la belleza como trascendental del ser en el que se da una ‘circumincessio’ —una comunicación ininterrumpida con el resto de los trascendentales (bien, unidad, verdad)— puede ser la senda hacia un descubrimiento de la realidad como don, como regalo. En ese sentido toda realidad deja traslucir la luz de la forma en la que resplandece el carácter creatural del mundo.
¿Puede un dibujo de un niño de cuatro años sobre su familia ser más bello que una obra de Caravaggio?
Esta pregunta se refiere al sentido analógico del concepto de “lo bello”. La belleza del dibujo del niño está vinculada a la mirada prístina e inocente –sabia- sobre el complejo mundo de sus afectos, emociones, sentimientos, etc. Es referencial respecto del amor que el niño recibe, o su ausencia; y su reciprocidad.
La belleza del cuadro de Caravaggio está vinculada a una perfección en la realización (a la imprescindible tekné), a la composición, el orden y la simetría internas, al tema y la conciliación perfecta entre fondo y forma.
La belleza es, como categoría ontológica, ‘analogia entis’: permite una gradación relativa, relacional, entre un más y un menos según el punto de referencia. El dibujo del niño y la obra del maestro son comparables como respuestas al don del ser, pero inconmensurables entre sí desde la perspectiva “artística”.
Al ser animales culturales nuestro lenguaje es simbólico. Por lo tanto ¿no existe la belleza natural fuera del rango humano?
La pregunta es equívoca. Nuestra respuesta a lo simbólico no depende sólo de nuestro carácter social, cultural: es previo porque es respuesta al Otro original. La percepción de la belleza natural es inaccesible fuera del ámbito de lo humano, aunque pueda haber respuestas en los animales superiores a ciertas formas de simetría o proporción, o de belleza sensible, en niveles muy rudimentarios. Parte de las consecuencias de la Caída, como explican algunos Padres de la Iglesia o C. S. Lewis, se manifiestan en este desorden en la percepción de lo bello no sólo en los animales, sino entre los seres humanos animalizados.
¿Cómo saber si algo feo es más hermoso aun que lo establecido como bello?
Volvemos a las categorías kantianas de lo bello como subjetividad. Lo feo puede serlo en diversos niveles que, en función del modo en que trasluzcan el esplendor del ser, podrán ser considerados “feos” o “hermosos”. La Cruz es la cumbre de esa paradoja en la que el “desecho de los hombres” al que se refiere Isaías se manifiesta como el más bello de los hijos de los hombres.
¿La belleza es accesible a los insensibles de corazón?
Siempre, toda vez que el don que Dios da no es retirado nunca, y en todo momento es redimible. La gracia es entregada para siempre y, aunque puede quedar oscurecida, permanece la fidelidad de Dios a la palabra dada, a la sanación de la naturaleza y, con ella, de las potencialidades para redescubrir y agradecer, para contemplar, para el silencio y las formas de humillación ante la potencia creadora de Dios y los hombres.
¿Qué respondería a la pregunta que Ippolit le dirige al príncipe Myshkin? (“El idiota”, F.M. Dostoyevsky)
 -¿Qué belleza es ésa que va a salvar al mundo?
¿Está de acuerdo con esa pregunta? Si es así, ¿por qué?
Me remito a la Carta a los artistas, de san Juan Pablo II, nº 19: el mundo será redimido por la Belleza, o no será. Hemos hecho tanto hincapié en el bien, en la verdad, que hemos dejado de lado –también en la iglesia católica, tristemente- la potencia de la belleza (no sólo artística) para llamar al hombre contemporáneo a una nueva contemplación del Don en el que “vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17, 28).
En tanto en cuanto la Verdad no es una moral –aunque la implique y explicite-, no podemos seguir insistiendo en que el seguimiento de Jesús se ciñe a la práctica de unos preceptos. Por el contrario, es un modo de ser que se trasluce en una manera de mirar y estar en el mundo como criaturas libres que agradecen como niños que están ‘omni tempore, ludens [Deus] in orbe terrarum’ con nosotros. Tal es la fuente de la paz y la esperanza. De no ser así, el mundo no será, porque ha sido redimido ya en la belleza de la Cruz pero aguarda la acogida que depende de cada libertad personal. Y la libertad que es accionada por el amor abraza lo bello antes que un código moral, por pertinente y humano que éste sea.