miércoles, 17 de enero de 2024

Deporte, dones excepcionales y humildad

Hace tiempo barruntaba la idea de escribir estos breves pensamientos sobre algo que vengo observando en el deporte profesional. Creo que se trata de un problema cuyas raíces están hundidas en la desproporcionada importancia que ha ido adquiriendo el deporte o, de manera más precisa, de la que le damos en nuestras sociedades contemporáneas desde finales de los años 80 del siglo XX.

Centraré mi atención en dos elementos, aunque hay otros factores también interesantes.

Por una parte, las celebraciones que siguen a los tantos —sean canastas, touchdowns, goles...—. Hay en esas algarabías una especie de exageración desaforada. Mirada con cierta racionalidad resulta simplemente ridícula. Es cierto que el deporte desata pasiones (a menudo en exceso), y que la adrenalina es un poderoso gatillo bioquímico de nuestro ánimo, de todo punto enemigo de la mesura. Pienso, sin embargo, que la reacción que sigue a estas anotaciones revela algo más sutil: una especie de absolutización del espectáculo, como si la victoria lo fuese todo, una suerte de elixir para aplacar un anhelo que habita en muchas personas como un pozo sin fondo.

Porque, en efecto, el pozo no lo tiene, toda vez que hemos sido hechos para una sed de infinito que no hay Jordan, Messi o Nadal capaces de saciarlo.

Muchos me dirán que no entiendo el "sentimiento" de ser hincha de un equipo. Yo les digo que, a Dios gracias, no soy forofo de equipo o deportista alguno, por más que tenga mis preferidos. En España esto sucede sobre todo con el fútbol, pero no sólo. En Estados Unidos tienen sus cuatro grandes ligas, aunque allí el "forofismo" se vive de otra manera, y es habitual ver a los hinchas mezclados sin ningún tipo de problema. Qué envidia.

Pero volviendo al "forofismo" español: el sentimiento y "los colores" no son excusa. Se nos ha dado la inteligencia para que la utilicemos, para que empleemos la razón en la tarea de equilibrar precisamente esa esfera de lo sentimental, de lo menos racional: de lo que con demasiada frecuencia ha llegado a provocar espectáculos bochornosos, y a causar imprudencias y desgracias del todo evitables.

Es perfectamente posible ser seguidor de unos colores sin por ello perder la cabeza (ni el corazón). Se puede dar razón de una pasión, a eso me refiero. Viceversa es más complicado.

Por otra parte, ciertas actitudes en la relación que se da entre jugadores rivales en algunos deportes de equipo. Es tristemente habitual ver a deportistas de élite despreciar al contrario cuando consiguen superarlo. Gestos y palabras que sirven para desafiarlo, insultarlo o humillarlo de maneras tan diversas como infrahumanas. El 'in your face' se ha convertido en un mantra análogo a lo que he explicado sobre la pasión sin el equilibrio que otorga la inteligencia.

Hemos convertido a un grupo de seres humanos especialmente dotados en algo que ni son ni pueden llegar a ser. Esperamos de ellos cierto tipo de redención, el consuelo de la esperanza que está en el núcleo de nuestra común humanidad.

Pero pensemos esto: se podría realizar un vídeo muy extenso con las jugadas desastrosas, con los fracasos y pérdidas de balón ridículas, con los 'mates' errados y los tapones recibidos, con los balones perdidos o los goles fallados a puerta vacía (o casi), o con la ayuda denegada para ayudar a un rival a levantarse, de algunos de los mejores jugadores de la historia de cada deporte. Ese vídeo mostraría la ingente evidencia de que somos —también los elegidos— simples mortales, sometidos al imperio permanente de la falibilidad, el orgullo y, más sencillamente, la estupidez.

Y frente a quienes se creen únicos e inmortales por un don que han recibido —aun cuando en muchos casos hayan trabajado con perseverancia para hacerlo fructificar—, se yergue, testaruda, la única protesta válida para el ser humano: la humildad. En esa esfera es donde un eximio puñado de esos elegidos consigue, paradójicamente, ascender al sanctasanctórum de los verdaderamente grandes: aquéllos que nunca olvidaron que lo que tenían lo habían recibido y que, por tanto, debían mostrar su agradecimiento compartiendo la alegría que surge de llevar el don a su plenitud.



miércoles, 24 de mayo de 2023

Racismo y frustración

Las reacciones que está desencadenando el "caso Vinicius" merecen, creo, cierta ponderación. No querría yo que estas líneas añadieran confusión a la cacofonía, pero deseo matizar algunas cosas.

Me llama la atención la actitud de los que chapoteando en estos lodos quieren absolver al futbolista, y prácticamente canonizarlo. Verbigracia, el presidente del Real Madrid. Y no seré yo quien diga que lo que le está sucediendo a Vinicius se lo ha ganado él solito. No creo que sea así. Pero tampoco considero que este futbolista sea del todo inocente. El comportamiento que cabe esperar de él no es el que demuestra las más de las veces. Sus gestos, el hecho mismo de encararse y responder a los imbéciles que lo insultan, su incapacidad para gestionar esa presión de otras maneras —que las hay—; todo eso, digo, se me antojan las llamas que alguien intentase apagar con gasolina.

Si ya de por sí demasiados de los que asisten a un partido de fútbol (o de baloncesto) tienen el gatillo fácil para desahogar toda su frustración con el árbitro y su familia, o con este entrenador o aquel jugador del equipo contrario, ¿no cabría pensar que el problema no es el racismo? Gritarle a un jugador negro esto o lo otro, o "moro", o lo que toque en cada triste momento, no es sólo ni principalmente racismo. Es la enésima demostración de que la masa se esconde dentro de sí, cobarde, para vomitar lo peor de cada uno desde el anonimato. El fútbol, el baloncesto, y no muchos más deportes —creo que esto sólo sucede en los de equipo— son el escenario para que la fauna desbocada saque lo peor de sí. Pero lo peor de sí es demostración de una profunda carencia de humanidad: es señal de una existencia frustrada en mayor o menor medida. Si el punto de fuga de alguien consiste en acudir a un estadio cada quince días —o menos, porque cada vez hay más fútbol—, y chillar su basura, entonces estamos ante un problema mucho más grave, mucho más de fondo, que el racismo o cualquier otra forma de intolerancia.

Por eso, no creo que debamos buscar la solución en medidas penales. Los castigos, por más que en este caso y otros análogos sean necesarios, nunca son correctivos. A los hechos me remito: Eto'o, Roberto Carlos, Alves... Y aquí seguimos, como quien quisiera sanar a un moribundo con tiritas. El hecho mismo de que un país que se considera avanzado vea crecer sin cesar el grosor de su código penal, debería ser señal más que evidente de que hay muchas cosas que no funcionan como deberían. Si unos tipos de entre diecinueve y veinticuatro años han ahorcado un muñeco en medio de una autopista, u otros han hecho tales gestos o han proferido insultos contra Vinicius, ¿de verdad la solución es el gran hermano, rebuscar en las imágenes al estúpido de turno? No lo creo. Obrar así llenará nuestros juzgados de indeseables —unos juzgados paralizados ahora por una huelga que pinta fea, y larga—, pero no aportará otro remedio que la postergación del problema. Porque no hay niño o adolescente que madure sin sentir de verdad el peso de una responsabilidad, de una obligación que cambie su manera de ser, y no sólo su modo de obrar por miedo a un castigo.

Lo que asusta más que todo esto, creo, es ver a hombres hechos y derechos acompañados de sus hijos o nietos, gritando como posesos, dando a entender con sus obras que portarse como un energúmeno es moneda de cambio con la que pagar el peaje que conlleva crecer.

Yo no tengo la solución a este problema, y no creo que sea fácil dar con una que sirva de verdad y de manera permanente. Seguiremos castigando, prohibiendo la entrada a ciertos estadios a un número amplio de homínidos con el neocórtex atrofiado por falta de uso, rebuscaremos en las imágenes a las bestias vociferantes, cargando a las cuentas del club de turno la barbarie de sus —qué término tan preciso— "hinchas"...

Pero no me parece del todo mal eso de suspender automáticamente el partido cuando suceda lo indeseable. Porque la masa fanática no soporta que le quiten su pan y su circo. Aunque, como suele ocurrir, paguen justos por pecadores.

lunes, 15 de mayo de 2023

Las soledades sonoras de Pedro Delgado

Pedro Delgado & Ainara Hernando Nieva, La soledad de Perico. Barcelona: Planeta, 2023

Tiene este libro la virtud de convertir la voz familiar de Pedro Delgado en un resonar constante de la nostalgia y la humildad, de los logros y la aceptación de las propias limitaciones, de la idiosincrasia de una época de la historia reciente de España en un momento bisagra de la evolución del ciclismo moderno.

Ainara Hernando pone por escrito los recuerdos (en el sentido etimológico: lo que vuelve a pasar por el corazón para ser ponderado) de un campeón que pudo haber alcanzado mayores metas, pero que no supo, o no pudo escapar de sí mismo. Con todo, queda la imagen de un hombre sencillo y fiel a su modo de entender la vida, el deporte y su propio papel en tal escenario, lo cual es muy de agradecer en estos tiempos de narcisismo cateto, de figurones de fuego artificial, de deporte 'fast food'.

Especial atención merece el retrato que construyen los autores de la madre de Delgado, y el epílogo final en el que queda condensado el espíritu de un ciclismo que ya no existe. Sin embargo, y a pesar de eso, no estamos ante las memorias de un melancólico, ni de un hombre que considere que cualquier tiempo pasado fue mejor. Este libro contiene las confesiones fragmentarias de un ser humano que ha hecho las paces consigo mismo, hasta donde tal cosa nos es permitida.

lunes, 1 de mayo de 2023

Buena Fortuna

Hernán Díaz, Fortuna: Barcelona, Anagrama 2023 (Trust: New York, Riverside Books 2022)

Esperaba más de esta obra notable tras haber leído el año pasado A lo lejos, primera novela del autor (In the distance, 2017). La razón de tal expectativa hundía sus raíces en mi gusto personal por la narrativa estadounidense contemporánea —la que arranca con Stephen Crane o Theodore Dreiser—, y en especial por la obra de Cormac McCarthy, Tobias Wolff, Richard Ford, Michael Bishop, Robert Olmstead o John Williams, entre otros. En la senda de los grandes narradores norteamericanos cuyo abuelo y mentor es Mark Twain, A lo lejos mostraba, en fondo y forma, una atractiva reinvención del wéstern, subgénero literario que resurge de manera paralela a los modos renovados en que, aproximadamente a partir de 1990, el cine ha regresado al territorio de la epopeya norteamericana por antonomasia. La narración en tercera persona era el vehículo preciso para otorgar al texto una fuerza descomunal, casi arquetípica en lo que se refiere a la delineación de temas de honda raigambre antropológica.

Fortuna 
es, pienso, un experimento literario. Debe ser leída como un rompecabezas. La novela está dividida en cuatro bloques, que constituyen la narración de manera acumulativa: cada parte completa y matiza la anterior como en un sutil juego de espejos, de suerte que en la mente del lector se va fraguando la visión completa del cuadro que Díaz construye, un retrato a la vez del microcosmos de los protagonistas, en el marco más general de la crisis económica de 1929. Como experimento narrativo al estilo de Henry James, William Faulkner o Wilkie Collins, la novela es consistente, y la narración avanza de manera eficaz. Está bien construida, aunque creo que hay ciertos desequilibrios propiciados, sobre todo, por los cambios en la voz narrativa. La narración completa no se resiente en exceso, pero los cambios de focalización lastran la fuerza dramática del conjunto.

De las cuatro partes que forman la novela me quedo con la primera, una novella por derecho propio que, en su brevedad, recuerda el tono intimista de esa obra maestra que es Stoner, de John Williams. Es curioso, aunque revelador, que en esta primera parte la narración sea desarrollada en tercera persona, quizá el tono que habría otorgado más fuerza y profundidad a la novela completa.

Pero también es muy posible que yo esté equivocado, y que me esté dando demasiadas ínfulas en esta reseña. Así pues, lector, trust your instinct.

martes, 24 de enero de 2023

Belleza áspera

Después de publicar en 2017 Tierra salvaje, Hermida Editores nos trajo en 2021 la traducción de otra novela de Robert Olmstead, Caballo negro carbón (Coal Black Horse, 2007). En 2022 apareció una tercera, Lejana estrella brillante, actualmente en proceso de adaptación a la gran pantalla. Parece una apuesta firme sobre un autor no sólo solvente, sino poseedor de una voz propia, tan rotunda y áspera como la tierra y el tiempo mismo en que enmarca sus narraciones.

Caballo negro carbón es un relato duro y hermoso, con ese aroma de las historias del maestro Cormac McCarthy —para mí, el mejor piropo que se puede dedicar a una novela en estos últimos años—. Sobre el telón de fondo de la Guerra de Secesión en los Estados Unidos, y más en concreto de la terrible batalla de Gettysburg, Olmstead confecciona un relato iniciático —casi adánico— sobre los ciclos de la naturaleza, el sentido de la vida y la muerte, la evanescencia de la belleza y esa huidiza cualidad que posee la esperanza.

Hermida Editores publica perlas como esta. Ojo.

sábado, 7 de enero de 2023

Heroísmo y cotidianeidad

Noche del lunes 2 de enero de 2023. Monday Night Football. Juegan los Cincinnati Bengals contra los Buffalo Bills. Durante el primer cuarto se produce un brutal choque entre dos jugadores rivales, a resultas del cual el safety Damar Hamlin cae al suelo, inerte como un fardo. Se teme lo peor. El equipo médico corre en su auxilio, y la actuación inmediata de uno de los preparadores físicos del equipo, Denny Kellington, que le realiza una reanimación cardiopulmonar, permite —según se llega a saber después— que el jugador llegue vivo al hospital. Aunque en estado crítico, parece ser que esa acción ha sido clave para salvar la vida de Hamlin.

Durante los días siguientes los médicos emiten comunicados que resultan, poco a poco, más y más esperanzadores. A través de las redes sociales se propaga una cadena de oraciones y solidaridad con el jugador, su familia y el equipo. También con Tee Higgins, wide receiver de los Bengals, a quien los estúpidos de siempre culpan —desde el anonimato de siempre también— de haber causado el incidente al chocar contra el defensor y, por tanto, de ser el responsable potencial de la muerte de Hamlin, caso de producirse el terrible desenlace.

Bien. Hasta aquí los hechos.

A medida que han ido pasando los días, y de manera paralela a la mejoría inopinada del estado de salud del jugador de los Bills, ha crecido esa morbosa manía de escarbar en la actualidad para saciar la macabra sed de novedades ante las malas noticias, consumadas o no. Los medios informativos estadounidenses han desplegado la habitual cobertura omnipresente, con ese peculiar tipo de horror vacui tan característico del periodismo de tinte más o menos sensacionalista.

Es entonces cuando Denny Kellington comienza a ser tildado de “héroe” por los medios deportivos de su país, desde ESPN hasta la última cadena local. Es un héroe por haber salvado la vida de Hamlin. Es un héroe por haber mantenido la cabeza fría y haber actuado con rapidez. Es un héroe por haber hecho su trabajo bien y con diligencia.

Durante los momentos más duros de la pandemia tuvimos ocasión de ver este comportamiento colectivo, acrítico, que tildaba de heroico el trabajo de los profesionales de la salud. Lo hemos visto con los bomberos y con la policía. Lo vemos y lo veremos ante personas que hacen lo que tienen que hacer.

Sin embargo, al menos yo no los considero héroes por el hecho de realizar su trabajo. Lo verdaderamente heroico sucede en el ámbito de lo puntual, de la ocasión del todo excepcional. Para el que hace de manera habitual su trabajo de un modo excelente, el heroísmo no es tal: se trata tan solo del cumplimiento leal, honrado y diligente (del latín diligere, amar) de la obligación que uno ha escogido como forma de vida y de servicio a los demás. No es un héroe el repartidor, ni lo es la maestra; no lo son el juez ni tampoco el panadero, la médico, el obrero o la estudiante que se esfuerzan por dar lo mejor de sí. No son héroes los padres que viven su vida como tales: son personas normales asumiendo con responsabilidad las consecuencias de sus elecciones.

No sé si necesitamos héroes para estos tiempos romos, grises y desesperanzados. Es posible. O quizá ya no somos capaces de llamar por su nombre a lo que es —o debería ser— normal; es decir, adecuado a la norma. Para mí Denny Kellington no es un héroe. Es, sencillamente, un estupendo preparador físico capaz de hacer su trabajo en el momento preciso… con toda precisión. No será su heroísmo lo que asegure su futuro, sino su contrastada profesionalidad: la normalidad que alcanza el que hace de su deber un hábito. Sin aspavientos ni alharacas: con esa humildad que, en el decir de Cervantes, es la única verdad.

sábado, 15 de enero de 2022

Encanto sin gracia

Anoche tuve ocasión de ver la última película de la "factoría Disney". Y empleo "factoría" de intento, porque este todopoderoso estudio, en otro tiempo un lugar de maravilla en fondo y forma, se ha convertido en las últimas décadas en una mera fábrica. ¿Y qué fabrica? Dinero, amigos; fabrica dinero a cambio de mensajes edulcorados al servicio de las ideologías 'woke' actualmente de moda. Disney es uno de los profetas del nuevo, aburrido, falaz rasero de los moralistas de la posmodernidad.

Digo esto porque "Encanto" (Byron Howard & Jared Bush, 2021) parece una nueva muestra de lo que ha devenido la marca de la fábrica: una portentosa puesta en escena, una técnica de animación superlativa, el no va más..., al servicio de un guion pobre, ramplón, bienintencionado y, en última instancia, superficial.

La historia que cuenta esta película revela esa visión tan estadounidense a la hora de encarar una realidad adversa: una magia sin gracia —es decir, una magia que no es consciente de que este mundo es, de suyo, sobrenatural: que lo que llamamos "natural" es lo más milagroso del mundo—; una visión calvinista del ser humano que nos insiste en que es la voluntad la que hace realidad las cosas —"yes, we can"—, y no el don que sostiene nuestra esperanza en todo momento. "Encanto" es una película sin encantamiento, sin asombro —la cualidad que Aristóteles señalaba como el inicio de la sabiduría, y Chesterton como la señal de la sabiduría infantil, de la deseable inocencia perenne de la mirada—. Presenta un mundo donde hay que creer en la magia como un imperativo categórico, pero donde la gratuidad del regalo que es la vida queda reducido, como suele suceder, a buenas intenciones, a sentimentalismo lacrimógeno, a fe sin esperanza.

Una apabullante producción, una paleta de colores maravillosa, una película técnicamente brillante, y poco más. Ni siquiera las canciones —tan aburridas, tan innecesarias las más de las veces— logran salvar esta cinta olvidable.