martes, 1 de abril de 2025

Demagogias y sentido de la Universidad

Sin venir a cuento, el narcisista ha decidido que es perentorio darle caña a quienes pretendan erigir nuevas universidades privadas. Así, de repente, como si no hubiera problemas morrocotudos que atender dentro y fuera. Él, licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por el Real Centro Universitario María Cristina de El Escorial, y doctor en Economía y Empresa por la Universidad Camilo José Cela con una tesis doctoral bajo sospecha. Él, con su vocecilla aflautada de predicador melifluo y taimado.

Ha faltado tiempo para que los interesados, donnadies lameculos del gobierno cierren filas en torno a su temido líder. El argumento es bien sencillo: las universidades privadas (todas) son fábricas de títulos donde los papis ricachones compran a la carta el papelito con el que sus vástagos irán a engrosar las listas de paro juvenil.

Como si no sucediese lo mismo en la mayoría de las universidades públicas. Como si el nivel de las públicas (todas) fuese el de los años dorados de Oxford, Harvard, Stanford o el MIT. Como si el problema no fuera el nivel de analfabetismo práctico con que llegan los chicos a la universidad en España por culpa de un sistema "educativo" estúpido, diseñado por lerdos de ambos colores políticos para malograr lerdos. Como si una enseñanza universitaria pública y de matrículas bonificadas fuera de suyo el remedio para la acedia, el plagio y el chatgpt, y esa mentalidad abúlica que da por sentado (entre padres e hijos) que la continuación natural del instituto es la universidad. Craso error.

Y así hemos perdido por enésima vez la oportunidad de debatir a fondo y con serenidad, con ganas de servir y arreglar el problema, esta catástrofe llamada Universidad española. Porque el nivel de las privadas y el de las públicas —al menos en las Humanidades, que es donde me muevo— es muy bajo, conformista e infantil. Porque el problema es que la Universidad renunció hace mucho tiempo a ser el lugar donde se aspira a la excelencia del saber y a su custodia. Porque se permite que los matriculados se examinen con el escueto y ridículo bagaje de unos apuntillos de clase. Porque se admiten a trámite tesis de doctorado que parecen trabajillos de tres al cuarto, mal escritas y llenas, eso sí, de lenguaje inclusivo y chorradas sin cuento (o con mucho cuento). Porque el problema no es la matraca anticuada de ricos y pobres, el eco macilento de marxistas de medio pelo. El hecho incontestable es que la universidad, pública y privada, es una máquina expendedora de títulos para habilitar a los chavales para el —ojo al sintagma— mercado laboral.

Y si quieres mercado, eso tendrás: mercaderes que mercadean con el engaño de personas convertidas en mercancía.

Para mí la simple verdad es ésta: que no hacen falta más universidades, ni privadas ni públicas. Lo demás es, como siempre, burda demagogia.

lunes, 12 de febrero de 2024

El imposible listón del mito

Acabo de terminar la lectura del libro de Roland Lazenby, Michael Jordan. La biografía definitiva (título original Michael Jordan: the Life). La obra fue publicada en 2014 en Estados Unidos, y en 2020 en España, donde ha alcanzado ya su segunda edición, lo cual es muestra más que evidente del interés que sigue despertando la figura del jugador que, entre otros logros, consiguió cambiar el baloncesto para siempre. Ahí es nada.

Se trata de una biografía que esquiva el habitual riesgo de este tipo de ensayos, a saber: convertirse en hagiografía del biografiado o, por el contrario, en juicio sumarísimo. En ambos casos la parcialidad en uno u otro sentido suele llevarse por delante el retrato equilibrado que el lector espera y merece encontrar. Lazenby ha manejado una bibliografía abundante y muy detallada, así como multitud de fuentes audiovisuales para retratar una de las vidas más públicamente omnipresentes en la historia reciente. El resultado no sólo es solvente, sino —me atrevo a afirmar— bastante ajustado a la realidad.

¿Cómo puedo afirmar algo así con tal rotundidad? Bueno, yo vi jugar a Michael Jordan. Y fui testigo del modo en que evolucionó como jugador total a partir de 1982 y, poco después, en los Juegos Olímpicos de 1984, a lo largo de una fulgurante carreta de casi quince años en la NBA, hasta su retirada como jugador de los Washington Wizards en 2003. La fascinación que me causó en mis años adolescentes, y la confirmación exponencial de su talento y capacidad únicas, lo convirtió a mis ojos en el epítome de lo que debía ser el jugador de baloncesto perfecto.

Sin embargo, su creciente popularidad y la enorme presión que genera estar siempre en el centro del escenario, la expectativa que incluso su carisma extendía a su paso, dio lugar a un lógico desequilibrio entre la realidad de Jordan, el ser humano, y Jordan el mito.

Ahí es donde el bisturí de Lazenby actúa con exquisita precisión, mostrando sin juzgar los profundos claroscuros de la vida del fenómeno: su mezquindad y desprecio hacia quienes no estaban a la altura de sus expectativas, su vida embarrada en las apuestas, el juego y los excesos, su carácter despótico e irreverente disfrazado de competitividad insaciable. Michael Jordan ha sido el mejor jugador de la historia del baloncesto, y nunca habrá otro como él. Pero, al menos durante los años de su apogeo, fue un hombre difícilmente soportable, engullido por su propia leyenda. Los atenuantes, como es lógico, existen: Jordan vivía devorando su propio mito, en una especie de proceso de autodestrucción imparable que hundía sus raíces en su carácter competitivo, en la necesidad de estar demostrando y demostrándose que era capaz de doblegar a cualquier competidor... incluso a sí mismo.

Para quienes quieran conocer en profundidad al famoso número 23 de los Bulls, no se me ocurre mejor recomendación que la lectura de esta biografía, complementada con el documental producido por Netflix, "El último baile".

La ponderación de este caso único de fama e infamia confirma, una vez más, mi convicción de que no está hecho el ser humano para la mitificación y la celebridad. Y la incesantemente renovada búsqueda de ídolos a los que adorar es una prueba más, trágica como la vida misma, de que estamos hechos para el infinito. Demasiado desafío para los simples mortales "destinados a morir".

miércoles, 24 de enero de 2024

Metafísica o no: ésa es la cuestión

La exculpación del "arte contemporáneo" —en lo que este sintagma tiene de noción tremendamente imprecisa— y la condenación de los disidentes —de los que pensamos que mucho de lo que se considera arte contemporáneo es una tomadura de pelo—, establece otro discurso de contrarios inconmensurables cuyo encuentro es imposible. Ocurre en terrenos como la ética, según explicó hace ya tiempo Alasdair MacIntyre; en la política —para qué hablar—; y en tantas otras esferas de este momento polarizado de la historia.

La irrelevancia de cierto arte contemporáneo —el de las a menudo burdas ocurrencias—, es demostrable desde los ojos del espectador sencillo. Frente a la irrelevancia de ese 'arte', lo que sí resulta relevante es el final del célebre cuento de los Grimm sobre las andanzas del emperador desnudo. No hace falta alguien que denuncie a los hampartistas, desde Yoko Ono hasta Duchamp: la mera colocación en la misma frase de Van Gogh, Warhol y Duchamp es ya un atentado contra el sentido común.

Pero esto que afirmo sólo alimentará la polaridad, la demonización y los intentos infinitos de exorcizar a quienes ninguneamos a los lumbreras que inventan ese 'arte' que requiere una justificación —una narrativa, un relato—, que nos quieren convencer de que el arte tiene que denunciar esto o aquello. Como si la belleza no fuera, ipso facto —ipsa essentia—, denuncia suficiente en un mundo podrido.

Quizá ésa sea la clave de todo: que en cierto 'arte' contemporáneo hace muchas décadas ya que la más obvia metafísica fue cancelada (asesinada, más bien), para ser sustituida por un discurso autorreferencial de autobombos y onanismo pedante que vive de maravilla, blanqueando o no dinero; me da igual (porque eso también es, en última instancia, irrelevante, aunque muy revelador). Chillida era amigo de Heidegger y entendió muy bien incluso su metafísica, que no es la clásica. Pero hace falta mucho Arte para llegar a ser Chillida. Tanto, que para un ejército de mediocres y caraduras es mucho más fácil pegar plátanos en las paredes.

Condenar a quienes no admiran o siquiera aceptan como arte algunas —o muchas— obras contemporáneas (las posteriores a las vanguardias del siglo pasado), y llamarlos odiadores o incultos, es una muestra enorme de soberbia, de esnobismo o, más sencillamente, de ignorancia. Porque no se combaten los prejuicios con prejuicios, ni las condenas con otros anatemas.


miércoles, 17 de enero de 2024

Deporte, dones excepcionales y humildad

Hace tiempo barruntaba la idea de escribir estos breves pensamientos sobre algo que vengo observando en el deporte profesional. Creo que se trata de un problema cuyas raíces están hundidas en la desproporcionada importancia que ha ido adquiriendo el deporte o, de manera más precisa, de la que le damos en nuestras sociedades contemporáneas desde finales de los años 80 del siglo XX.

Centraré mi atención en dos elementos, aunque hay otros factores también interesantes.

Por una parte, las celebraciones que siguen a los tantos —sean canastas, touchdowns, goles...—. Hay en esas algarabías una especie de exageración desaforada. Mirada con cierta racionalidad resulta simplemente ridícula. Es cierto que el deporte desata pasiones (a menudo en exceso), y que la adrenalina es un poderoso gatillo bioquímico de nuestro ánimo, de todo punto enemigo de la mesura. Pienso, sin embargo, que la reacción que sigue a estas anotaciones revela algo más sutil: una especie de absolutización del espectáculo, como si la victoria lo fuese todo, una suerte de elixir para aplacar un anhelo que habita en muchas personas como un pozo sin fondo.

Porque, en efecto, el pozo no lo tiene, toda vez que hemos sido hechos para una sed de infinito que no hay Jordan, Messi o Nadal capaces de saciarlo.

Muchos me dirán que no entiendo el "sentimiento" de ser hincha de un equipo. Yo les digo que, a Dios gracias, no soy forofo de equipo o deportista alguno, por más que tenga mis preferidos. En España esto sucede sobre todo con el fútbol, pero no sólo. En Estados Unidos tienen sus cuatro grandes ligas, aunque allí el "forofismo" se vive de otra manera, y es habitual ver a los hinchas mezclados sin ningún tipo de problema. Qué envidia.

Pero volviendo al "forofismo" español: el sentimiento y "los colores" no son excusa. Se nos ha dado la inteligencia para que la utilicemos, para que empleemos la razón en la tarea de equilibrar precisamente esa esfera de lo sentimental, de lo menos racional: de lo que con demasiada frecuencia ha llegado a provocar espectáculos bochornosos, y a causar imprudencias y desgracias del todo evitables.

Es perfectamente posible ser seguidor de unos colores sin por ello perder la cabeza (ni el corazón). Se puede dar razón de una pasión, a eso me refiero. Viceversa es más complicado.

Por otra parte, ciertas actitudes en la relación que se da entre jugadores rivales en algunos deportes de equipo. Es tristemente habitual ver a deportistas de élite despreciar al contrario cuando consiguen superarlo. Gestos y palabras que sirven para desafiarlo, insultarlo o humillarlo de maneras tan diversas como infrahumanas. El 'in your face' se ha convertido en un mantra análogo a lo que he explicado sobre la pasión sin el equilibrio que otorga la inteligencia.

Hemos convertido a un grupo de seres humanos especialmente dotados en algo que ni son ni pueden llegar a ser. Esperamos de ellos cierto tipo de redención, el consuelo de la esperanza que está en el núcleo de nuestra común humanidad.

Pero pensemos esto: se podría realizar un vídeo muy extenso con las jugadas desastrosas, con los fracasos y pérdidas de balón ridículas, con los 'mates' errados y los tapones recibidos, con los balones perdidos o los goles fallados a puerta vacía (o casi), o con la ayuda denegada para ayudar a un rival a levantarse, de algunos de los mejores jugadores de la historia de cada deporte. Ese vídeo mostraría la ingente evidencia de que somos —también los elegidos— simples mortales, sometidos al imperio permanente de la falibilidad, el orgullo y, más sencillamente, la estupidez.

Y frente a quienes se creen únicos e inmortales por un don que han recibido —aun cuando en muchos casos hayan trabajado con perseverancia para hacerlo fructificar—, se yergue, testaruda, la única protesta válida para el ser humano: la humildad. En esa esfera es donde un eximio puñado de esos elegidos consigue, paradójicamente, ascender al sanctasanctórum de los verdaderamente grandes: aquéllos que nunca olvidaron que lo que tenían lo habían recibido y que, por tanto, debían mostrar su agradecimiento compartiendo la alegría que surge de llevar el don a su plenitud.



miércoles, 24 de mayo de 2023

Racismo y frustración

Las reacciones que está desencadenando el "caso Vinicius" merecen, creo, cierta ponderación. No querría yo que estas líneas añadieran confusión a la cacofonía, pero deseo matizar algunas cosas.

Me llama la atención la actitud de los que chapoteando en estos lodos quieren absolver al futbolista, y prácticamente canonizarlo. Verbigracia, el presidente del Real Madrid. Y no seré yo quien diga que lo que le está sucediendo a Vinicius se lo ha ganado él solito. No creo que sea así. Pero tampoco considero que este futbolista sea del todo inocente. El comportamiento que cabe esperar de él no es el que demuestra las más de las veces. Sus gestos, el hecho mismo de encararse y responder a los imbéciles que lo insultan, su incapacidad para gestionar esa presión de otras maneras —que las hay—; todo eso, digo, se me antojan las llamas que alguien intentase apagar con gasolina.

Si ya de por sí demasiados de los que asisten a un partido de fútbol (o de baloncesto) tienen el gatillo fácil para desahogar toda su frustración con el árbitro y su familia, o con este entrenador o aquel jugador del equipo contrario, ¿no cabría pensar que el problema no es el racismo? Gritarle a un jugador negro esto o lo otro, o "moro", o lo que toque en cada triste momento, no es sólo ni principalmente racismo. Es la enésima demostración de que la masa se esconde dentro de sí, cobarde, para vomitar lo peor de cada uno desde el anonimato. El fútbol, el baloncesto, y no muchos más deportes —creo que esto sólo sucede en los de equipo— son el escenario para que la fauna desbocada saque lo peor de sí. Pero lo peor de sí es demostración de una profunda carencia de humanidad: es señal de una existencia frustrada en mayor o menor medida. Si el punto de fuga de alguien consiste en acudir a un estadio cada quince días —o menos, porque cada vez hay más fútbol—, y chillar su basura, entonces estamos ante un problema mucho más grave, mucho más de fondo, que el racismo o cualquier otra forma de intolerancia.

Por eso, no creo que debamos buscar la solución en medidas penales. Los castigos, por más que en este caso y otros análogos sean necesarios, nunca son correctivos. A los hechos me remito: Eto'o, Roberto Carlos, Alves... Y aquí seguimos, como quien quisiera sanar a un moribundo con tiritas. El hecho mismo de que un país que se considera avanzado vea crecer sin cesar el grosor de su código penal, debería ser señal más que evidente de que hay muchas cosas que no funcionan como deberían. Si unos tipos de entre diecinueve y veinticuatro años han ahorcado un muñeco en medio de una autopista, u otros han hecho tales gestos o han proferido insultos contra Vinicius, ¿de verdad la solución es el gran hermano, rebuscar en las imágenes al estúpido de turno? No lo creo. Obrar así llenará nuestros juzgados de indeseables —unos juzgados paralizados ahora por una huelga que pinta fea, y larga—, pero no aportará otro remedio que la postergación del problema. Porque no hay niño o adolescente que madure sin sentir de verdad el peso de una responsabilidad, de una obligación que cambie su manera de ser, y no sólo su modo de obrar por miedo a un castigo.

Lo que asusta más que todo esto, creo, es ver a hombres hechos y derechos acompañados de sus hijos o nietos, gritando como posesos, dando a entender con sus obras que portarse como un energúmeno es moneda de cambio con la que pagar el peaje que conlleva crecer.

Yo no tengo la solución a este problema, y no creo que sea fácil dar con una que sirva de verdad y de manera permanente. Seguiremos castigando, prohibiendo la entrada a ciertos estadios a un número amplio de homínidos con el neocórtex atrofiado por falta de uso, rebuscaremos en las imágenes a las bestias vociferantes, cargando a las cuentas del club de turno la barbarie de sus —qué término tan preciso— "hinchas"...

Pero no me parece del todo mal eso de suspender automáticamente el partido cuando suceda lo indeseable. Porque la masa fanática no soporta que le quiten su pan y su circo. Aunque, como suele ocurrir, paguen justos por pecadores.

lunes, 15 de mayo de 2023

Las soledades sonoras de Pedro Delgado

Pedro Delgado & Ainara Hernando Nieva, La soledad de Perico. Barcelona: Planeta, 2023

Tiene este libro la virtud de convertir la voz familiar de Pedro Delgado en un resonar constante de la nostalgia y la humildad, de los logros y la aceptación de las propias limitaciones, de la idiosincrasia de una época de la historia reciente de España en un momento bisagra de la evolución del ciclismo moderno.

Ainara Hernando pone por escrito los recuerdos (en el sentido etimológico: lo que vuelve a pasar por el corazón para ser ponderado) de un campeón que pudo haber alcanzado mayores metas, pero que no supo, o no pudo escapar de sí mismo. Con todo, queda la imagen de un hombre sencillo y fiel a su modo de entender la vida, el deporte y su propio papel en tal escenario, lo cual es muy de agradecer en estos tiempos de narcisismo cateto, de figurones de fuego artificial, de deporte 'fast food'.

Especial atención merece el retrato que construyen los autores de la madre de Delgado, y el epílogo final en el que queda condensado el espíritu de un ciclismo que ya no existe. Sin embargo, y a pesar de eso, no estamos ante las memorias de un melancólico, ni de un hombre que considere que cualquier tiempo pasado fue mejor. Este libro contiene las confesiones fragmentarias de un ser humano que ha hecho las paces consigo mismo, hasta donde tal cosa nos es permitida.

lunes, 1 de mayo de 2023

Buena Fortuna

Hernán Díaz, Fortuna: Barcelona, Anagrama 2023 (Trust: New York, Riverside Books 2022)

Esperaba más de esta obra notable tras haber leído el año pasado A lo lejos, primera novela del autor (In the distance, 2017). La razón de tal expectativa hundía sus raíces en mi gusto personal por la narrativa estadounidense contemporánea —la que arranca con Stephen Crane o Theodore Dreiser—, y en especial por la obra de Cormac McCarthy, Tobias Wolff, Richard Ford, Michael Bishop, Robert Olmstead o John Williams, entre otros. En la senda de los grandes narradores norteamericanos cuyo abuelo y mentor es Mark Twain, A lo lejos mostraba, en fondo y forma, una atractiva reinvención del wéstern, subgénero literario que resurge de manera paralela a los modos renovados en que, aproximadamente a partir de 1990, el cine ha regresado al territorio de la epopeya norteamericana por antonomasia. La narración en tercera persona era el vehículo preciso para otorgar al texto una fuerza descomunal, casi arquetípica en lo que se refiere a la delineación de temas de honda raigambre antropológica.

Fortuna 
es, pienso, un experimento literario. Debe ser leída como un rompecabezas. La novela está dividida en cuatro bloques, que constituyen la narración de manera acumulativa: cada parte completa y matiza la anterior como en un sutil juego de espejos, de suerte que en la mente del lector se va fraguando la visión completa del cuadro que Díaz construye, un retrato a la vez del microcosmos de los protagonistas, en el marco más general de la crisis económica de 1929. Como experimento narrativo al estilo de Henry James, William Faulkner o Wilkie Collins, la novela es consistente, y la narración avanza de manera eficaz. Está bien construida, aunque creo que hay ciertos desequilibrios propiciados, sobre todo, por los cambios en la voz narrativa. La narración completa no se resiente en exceso, pero los cambios de focalización lastran la fuerza dramática del conjunto.

De las cuatro partes que forman la novela me quedo con la primera, una novella por derecho propio que, en su brevedad, recuerda el tono intimista de esa obra maestra que es Stoner, de John Williams. Es curioso, aunque revelador, que en esta primera parte la narración sea desarrollada en tercera persona, quizá el tono que habría otorgado más fuerza y profundidad a la novela completa.

Pero también es muy posible que yo esté equivocado, y que me esté dando demasiadas ínfulas en esta reseña. Así pues, lector, trust your instinct.

martes, 24 de enero de 2023

Belleza áspera

Después de publicar en 2017 Tierra salvaje, Hermida Editores nos trajo en 2021 la traducción de otra novela de Robert Olmstead, Caballo negro carbón (Coal Black Horse, 2007). En 2022 apareció una tercera, Lejana estrella brillante, actualmente en proceso de adaptación a la gran pantalla. Parece una apuesta firme sobre un autor no sólo solvente, sino poseedor de una voz propia, tan rotunda y áspera como la tierra y el tiempo mismo en que enmarca sus narraciones.

Caballo negro carbón es un relato duro y hermoso, con ese aroma de las historias del maestro Cormac McCarthy —para mí, el mejor piropo que se puede dedicar a una novela en estos últimos años—. Sobre el telón de fondo de la Guerra de Secesión en los Estados Unidos, y más en concreto de la terrible batalla de Gettysburg, Olmstead confecciona un relato iniciático —casi adánico— sobre los ciclos de la naturaleza, el sentido de la vida y la muerte, la evanescencia de la belleza y esa huidiza cualidad que posee la esperanza.

Hermida Editores publica perlas como esta. Ojo.

sábado, 7 de enero de 2023

Heroísmo y cotidianeidad

Noche del lunes 2 de enero de 2023. Monday Night Football. Juegan los Cincinnati Bengals contra los Buffalo Bills. Durante el primer cuarto se produce un brutal choque entre dos jugadores rivales, a resultas del cual el safety Damar Hamlin cae al suelo, inerte como un fardo. Se teme lo peor. El equipo médico corre en su auxilio, y la actuación inmediata de uno de los preparadores físicos del equipo, Denny Kellington, que le realiza una reanimación cardiopulmonar, permite —según se llega a saber después— que el jugador llegue vivo al hospital. Aunque en estado crítico, parece ser que esa acción ha sido clave para salvar la vida de Hamlin.

Durante los días siguientes los médicos emiten comunicados que resultan, poco a poco, más y más esperanzadores. A través de las redes sociales se propaga una cadena de oraciones y solidaridad con el jugador, su familia y el equipo. También con Tee Higgins, wide receiver de los Bengals, a quien los estúpidos de siempre culpan —desde el anonimato de siempre también— de haber causado el incidente al chocar contra el defensor y, por tanto, de ser el responsable potencial de la muerte de Hamlin, caso de producirse el terrible desenlace.

Bien. Hasta aquí los hechos.

A medida que han ido pasando los días, y de manera paralela a la mejoría inopinada del estado de salud del jugador de los Bills, ha crecido esa morbosa manía de escarbar en la actualidad para saciar la macabra sed de novedades ante las malas noticias, consumadas o no. Los medios informativos estadounidenses han desplegado la habitual cobertura omnipresente, con ese peculiar tipo de horror vacui tan característico del periodismo de tinte más o menos sensacionalista.

Es entonces cuando Denny Kellington comienza a ser tildado de “héroe” por los medios deportivos de su país, desde ESPN hasta la última cadena local. Es un héroe por haber salvado la vida de Hamlin. Es un héroe por haber mantenido la cabeza fría y haber actuado con rapidez. Es un héroe por haber hecho su trabajo bien y con diligencia.

Durante los momentos más duros de la pandemia tuvimos ocasión de ver este comportamiento colectivo, acrítico, que tildaba de heroico el trabajo de los profesionales de la salud. Lo hemos visto con los bomberos y con la policía. Lo vemos y lo veremos ante personas que hacen lo que tienen que hacer.

Sin embargo, al menos yo no los considero héroes por el hecho de realizar su trabajo. Lo verdaderamente heroico sucede en el ámbito de lo puntual, de la ocasión del todo excepcional. Para el que hace de manera habitual su trabajo de un modo excelente, el heroísmo no es tal: se trata tan solo del cumplimiento leal, honrado y diligente (del latín diligere, amar) de la obligación que uno ha escogido como forma de vida y de servicio a los demás. No es un héroe el repartidor, ni lo es la maestra; no lo son el juez ni tampoco el panadero, la médico, el obrero o la estudiante que se esfuerzan por dar lo mejor de sí. No son héroes los padres que viven su vida como tales: son personas normales asumiendo con responsabilidad las consecuencias de sus elecciones.

No sé si necesitamos héroes para estos tiempos romos, grises y desesperanzados. Es posible. O quizá ya no somos capaces de llamar por su nombre a lo que es —o debería ser— normal; es decir, adecuado a la norma. Para mí Denny Kellington no es un héroe. Es, sencillamente, un estupendo preparador físico capaz de hacer su trabajo en el momento preciso… con toda precisión. No será su heroísmo lo que asegure su futuro, sino su contrastada profesionalidad: la normalidad que alcanza el que hace de su deber un hábito. Sin aspavientos ni alharacas: con esa humildad que, en el decir de Cervantes, es la única verdad.

sábado, 15 de enero de 2022

Encanto sin gracia

Anoche tuve ocasión de ver la última película de la "factoría Disney". Y empleo "factoría" de intento, porque este todopoderoso estudio, en otro tiempo un lugar de maravilla en fondo y forma, se ha convertido en las últimas décadas en una mera fábrica. ¿Y qué fabrica? Dinero, amigos; fabrica dinero a cambio de mensajes edulcorados al servicio de las ideologías 'woke' actualmente de moda. Disney es uno de los profetas del nuevo, aburrido, falaz rasero de los moralistas de la posmodernidad.

Digo esto porque "Encanto" (Byron Howard & Jared Bush, 2021) parece una nueva muestra de lo que ha devenido la marca de la fábrica: una portentosa puesta en escena, una técnica de animación superlativa, el no va más..., al servicio de un guion pobre, ramplón, bienintencionado y, en última instancia, superficial.

La historia que cuenta esta película revela esa visión tan estadounidense a la hora de encarar una realidad adversa: una magia sin gracia —es decir, una magia que no es consciente de que este mundo es, de suyo, sobrenatural: que lo que llamamos "natural" es lo más milagroso del mundo—; una visión calvinista del ser humano que nos insiste en que es la voluntad la que hace realidad las cosas —"yes, we can"—, y no el don que sostiene nuestra esperanza en todo momento. "Encanto" es una película sin encantamiento, sin asombro —la cualidad que Aristóteles señalaba como el inicio de la sabiduría, y Chesterton como la señal de la sabiduría infantil, de la deseable inocencia perenne de la mirada—. Presenta un mundo donde hay que creer en la magia como un imperativo categórico, pero donde la gratuidad del regalo que es la vida queda reducido, como suele suceder, a buenas intenciones, a sentimentalismo lacrimógeno, a fe sin esperanza.

Una apabullante producción, una paleta de colores maravillosa, una película técnicamente brillante, y poco más. Ni siquiera las canciones —tan aburridas, tan innecesarias las más de las veces— logran salvar esta cinta olvidable.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Pizcas de paraíso

 Acabo de terminar la lectura de un libro cuya autoría es compartida por Francis Scott Fitzgerald y su esposa, Zelda Sayre Fitzgerald: Pizcas de paraíso (Barcelona: RBA, 2009). No pretendo hacer aquí una reseña del libro —una colección de relatos breves de ambos, alguno de ellos a cuatro manos, otros atribuidos a él, pero escritos por ella—. Tan sólo quiero dejar constancia de que, si bien es cierto que Francis poseía un talento extraordinario para la escritura (elegante, medida, brillante en el modo de retratar los vaivenes del alma humana en los difíciles años 20 y 30, y siempre), cabe decir casi lo mismo sobre el estilo de Zelda. Para mí ha sido un auténtico descubrimiento; uno de ésos que convierten a un escritor en un imprescindible. Y eso es mucho decir.

Totalmente recomendable.

domingo, 17 de enero de 2021

El emperador desnudo

Es la historia de cierto arte contemporáneo (de algo que nos es vendido —literalmente— como arte) una tragicomedia. Tragedia porque corresponde a un grito angustioso del hombre en busca de sentido. Comedia porque a menudo el grito suena estentóreo, ridículo, cursi o, sencillamente, monstruoso.

No me gusta gran parte de lo que se ha dado en llamar "arte contemporáneo". La razón es sencilla: no calma, ni de lejos, el hambre y la sed que hay en mí de algo permanente, la esperanza de una verdad. No es ya la habitual ausencia de belleza, o el exceso de un no disimulado feísmo al que se rinde culto (qué interesante y reveladora paradoja), sino el simple carácter anecdótico de lo ofrecido como arte. La belleza como categoría estética ha sido desplazada (a golpes) por lo programático, por la denuncia, por la ideología. Ya no se nos ofrece la obra como espacio de silencio y contemplación, sino como campo de batalla.

En esta muerte dialéctica de la contemplación la primera víctima es la paz, tanto del artista como del espectador. La obra, incluso como mero artefacto, no es concebida como espacio de búsqueda de una verdad superior, de diálogo, sino que es erigida en ídolo autorreferencial. Y así, cada ocurrencia (a menudo grotesca) del último iluminado, cada performance, intervención o instalación con que se pretende golpear nuestra conciencia, nos deja a la inmensa mayoría (quizá es que somos una mayoría lerda, basta, insensible) sumidos en una actitud de indiferencia rayana en la burla. Es un golpe, sí, pero no tanto a nuestra conciencia, cuanto a nuestro sentido común.

Igual que a aquel chaval que, por niño, fue lo suficientemente sabio como para decir la verdad: que el emperador iba desnudo, y que todo lo que mostraba ante los atónitos ojos de sus súbditos como arte, era simple desnudez.

sábado, 7 de noviembre de 2020

Galgos o podencos

En la cuestión de la sucesión a la presidencia de los Estados Unidos, confieso que lo peor (desde mi limitada perspectiva) es la ausencia de alternativas. La atención de la mayoría de las personas está ahora centrada (como es lógico) en Trump, pero la tragicomedia y el esperpento habitaron ya la Casa Blanca con George W. Bush, por no hablar de su padre; o, más atrás en el tiempo, en los aparentes días de Camelot con JFK, sostenidos sólo y a duras penas (literales) por su Perceval particular, su hermano Bobby. La alternativa de Bush en los inicios de 2000 era nada menos que ¡Al Gore! Pero es que ni Obama fue el mesías que la gente esperaba y al que quisieron entronizar, a pesar de sus evidentes buena voluntad y limitaciones. Tampoco Hilary era mejor que Trump. De hecho, era peor en muchos aspectos, entre otros motivos porque había sido Secretaria de Estado (impulsando una política exterior desastrosa y cruel en Oriente Medio), y por sus inextricables lazos con las oligarquías de Wall Street. (¿Qué decir de su ilustre maridito?).

No veo por qué debemos admitir a priori que Biden es mejor que Trump. Tendrá que demostrarlo, y no sólo en lo que hace a las formas. Resulta sobrecogedor que en toda una nación no haya un solo candidato más presentable (y representativo) que él para el partido Demócrata. O que los resortes oscuros del poder y el dinero no hayan querido o podido dar con ese candidato mejor. Ocurre lo mismo en casi cada lugar de este planeta; en España de manera especialmente dolorosa. Es pobre consuelo, lo sé; pero allá donde miremos, el desierto avanza.

Eso sí: le reconozco a Biden el mérito de esa pacificadora presencia de que ha hecho justa gala estos días, mientras Donald Trump proclamaba su (un tanto paranoica) frustración, tan obvia muestra de su narcisismo como de una no muy brillante inteligencia. Si Biden llega a ser presidente, como todo parece indicar, ¿será un buen presidente? No hablo ya del Jed Bartlet de la ficción de Sorkin sino, simplemente, de un hombre sensato, capaz de gobernar (como pretende) para todos en lo que ahora más que nunca es una nación de antónimos existenciales. Un hombre de su edad (76), con más de cincuenta en política, tendrá tantas deudas y favores que pagar... Es tibio en muchas cuestiones cruciales (algunas de ellas morales), y no parece el tipo de líder capaz de remediar algunas de las graves (del latín gravis, -e, pesado) papeletas que su país tiene sobre la mesa. Lo que quiero decir es que parece el perfecto vicepresidente de las series y las pelis de Hollywood. Y ése no es precisamente un pensamiento alentador.

En fin, así lo veo yo. Only time will tell. En nuestros días, la esperanza, dentro del ámbito de la política, es un lujo que nadie sensato debería permitirse, una suerte de rara avis, y sólo cabe pensar que por lo menos, hay establecido un límite de cuatro años a toda estupidez galopante... Quizá, y en el mejor de los casos.

sábado, 9 de mayo de 2020

Adónde se ha ido la magia (de Pixar)

He visto la última película de Pixar, "Onward" (Dan Scanlon, 2020). Empezaré por el final: qué enorme decepción. Y la pena —porque lo experimento como desaliento, como frustración estética— es que esta decepción se empieza a convertir en mi sensación habitual al llegar a los créditos finales de las últimas creaciones de Pixar desde la magnífica "Del revés" (Pete Docter, 2015). Ni siquiera "Los Increíbles 2" (Brad Bird, 2018) consiguió quitarme el pegajoso y persistente pensamiento de que se trataba de algo, en última instancia, prescindible del todo. ¿Qué está pasando?

"Onward" arranca con una sucinta explicación del modo en que el mundo que una vez estuvo henchido de prodigios y magia, se ha ido convirtiendo en un lugar más y más prosaico. El eje en torno al que queda retratada esta transición es la creciente influencia de la tecnología en la vida cotidiana. Hasta ahí, todo magnífico, pues así ha sucedido desde la segunda revolución industrial. La tecnología es el atajo que ha sustituido a la magia, al actualizar el deseo y hacerlo presente, instantáneo; y condenándolo, de ese modo, a ser suprimido, pues cada nuevo anhelo es satisfecho de manera casi inmediata en una espiral sin fin. La espera, la contemplación, han quedado relegadas —como experiencias las más de las veces menospreciadas como "inútiles", qué revelador adjetivo— ante la urgencia de hacer tangible el poder de transformación, el dominio del mundo y de otras voluntades. Los voceros de la tecnología, ecos de la falaz idea del progreso indefinido de la humanidad, nos han gritado que podemos poseer el mundo y cuanto contiene, al (elevadísimo) precio de dominarlo y dejar de esperar nada de él, porque una consecuencia del poder tecnológico es el control, la minimización de la incertidumbre. Dicho de otro modo: hemos dejado de mirar el universo como un milagro, para pasar a exigir disfrutarlo como un niño malcriado y caprichoso demanda un mecano o un laboratorio.

A partir de ese prólogo tan prometedor, asistimos a la descripción acelerada de un microcosmos que no tiene nada de inventado: es el nuestro burdamente travestido de orejas puntiagudas y demás lugares comunes. No hay un esfuerzo de construir una lógica secundaria, como al menos sí sucedía en "Monstruos S. A." o en "Cars". Es decir, es un mundo sin añadido, sin mirada transformadora. Sin arte.

Los personajes son planos (¡la madre de los protagonistas! ¿No cabría esperar de sus años de convivencia con alguien tan maravilloso como se nos dice que fue su marido, una expectativa de reencuentro, la magia de ese momento efímero pero real?), las situaciones, tópicas; y los pretendidos homenajes, burdos plagios de "Indiana Jones". Cuando llegan los "gags" cómicos, los ves con una incómoda mueca de sonrisa, donde no hay lugar no ya para la abierta carcajada, sino ni siquiera para la risa franca y reconstituyente.

Con todo, para mí la carencia más grave tiene que ver con la narración misma: el ritmo es atropellado hasta el absurdo. Los planos se suceden a un ritmo vertiginoso incluso para el estándar de las escenas de acción, y cuando la situación requiere calma y un respiro, la cámara no acierta a dejarnos mirar con serenidad. Ni siquiera el eje argumental principal, la relación del protagonista con su padre, recibe la adecuada atención. Todo queda engullido por la prisa, y diluido en un tibio mensaje de aceptación de los seres cercanos (básicamente, del hermano mayor) que ni de lejos se acerca a una verdadera catarsis. Todo muy acorde con la corrección política y la tontuna mediática, estos pactos de no agresión que se están llevando por delante no ya a la propia Disney —maldita sea—, sino gran parte del modo de contar historias que nos trae Hollywood.

"Onward" es un productillo fútil y predecible que me hace pensar que los mejores años de Pixar —aquellos años en que cada nuevo estreno era una explosión significativa de Arte—, han pasado para siempre. No hay pulso, tampoco hay impulso. Viendo "Onward" siento como nunca la invitación a mirar "backward", hacia ese pasado esplendoroso que nos regaló algunos de los mejores momentos de Cine que hemos vivido desde 1995 ("Toy Story", John Lasseter... ¡Ay, John Lasseter!...).

Insisto: nada me haría más feliz a este respecto, que equivocarme. Seguiré "atento a sus creaciones", como decía Anton Ego al final de "Ratatouille". Porque la esperanza nunca debe ser desechada. Pero a este paso y con estos mimbres...

miércoles, 15 de abril de 2020

Tolkien y la imaginación I

Comparto aquí una serie de vídeos realizados por mi amigo Romualdo Abellén. Durante más de una hora estuvimos hablando sobre Tolkien y la imaginación. Éste es el primero de ellos.

https://www.youtube.com/watch?v=zJB05gKmaOE

martes, 14 de abril de 2020

Maquiavelo o el arte de lo posible


Durante estas semanas he avanzado bastante —al punto de tener su final en el horizonte cercano—, en una serie que considero fascinante: "House of Cards". Como alguien para quien "The West Wing" no es sólo su serie favorita, sino la mejor serie de siete temporadas que se ha realizado hasta la fecha, no puedo dejar de admirarme al considerar ambas obras de arte como las dos caras de esa tristemente cínica moneda que es la política.

Sin embargo, mientras que la visión del ala oeste que nos ofreció Aaron Sorkin era maniquea sólo en apariencia —cualquiera que la haya visto recordará los errores y demás miserias cometidas por Joshia Bartlet y su gabinete—, pues en ella resplandecía la vieja definición de la política como «el arte de lo posible», en "House of Cards" tenemos a los aventajados discípulos de Maquiavelo orquestando el caos y manejando los oscuros hilos del alma humana al servicio del poder y la autodestrucción. Resuena en los pasillos de esa Casa Blanca —qué irónico adjetivo, ¿verdad?— el eco de aquella afirmación de Lord Acton: que «el poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente». La verdad de esta máxima se ha enseñoreado de lo que hoy llamamos "democracia"... «Perdonen que no me levante», que diría el maravilloso Groucho Marx.

Sin duda una obra mayor —con ese genial recurso narrativo y dramático a la ruptura de la cuarta pared—, "House of Cards" nos deja, un capítulo tras otro, la amarga y triste sensación de que la realidad superará a la ficción, una vez más y siempre.

Para desgracia de todos.

lunes, 23 de marzo de 2020

Días desapacibles

Llevamos ya más de una semana de encierro preventivo. Durante los últimos días, al menos en Granada, el tiempo ha (diríamos, según las categorías habituales) empeorado. Llueve, hace frío, y un viento desapacible (típico de marzo, por otro lado) parece querer revolver aun más los ya desanimados, temerosos espíritus.

Pienso yo que todo esto es, como lo sería en cualquier otro momento, la bendición del cielo cayendo sobre nuestros campos y pantanos, "sobre buenos y malos" por igual. En la Sierra esto será nieve que dentro de unos meses se convertirá en riego y agua para todos, tan necesaria.


Las circunstancias son eso: instancias que nos circundan, como una pregunta dirigida al centro del alma, reformulando la perenne interrogación: ¿qué vamos a hacer, cada uno, con el tiempo que nos ha sido dado?

lunes, 22 de julio de 2019

"Tolkien", la película. Un comentario


Las películas biográficas (ahora biopics, porque nos puede un cierto esnobismo perezoso) han formado parte del menú desde los inicios del arte cinematográfico[1]. Es lógico. Algunas vidas son dignas de ser llevadas a la pantalla grande porque siempre ha habido personas escogidas, en uno u otro sentido, de cuyas existencias cabe aprender, o en cuyas cabezas escarmentar. Pues si bien no todas las vidas son ejemplares, todas pueden ser tomadas como exempla, como primeros planos de lo que es capaz de dar de sí, para bien o para mal, la naturaleza humana. La vida, fuente principal de inspiración para el arte, supera habitualmente a la ficción. Por goleada.

***
En el caso de las biografías de artistas (de los de verdad), el cine se topa con un problema añadido. Se trata de personas especiales que han recibido un don singular para apreciar en la realidad lo que para muchos —a menudo para la mayoría— está literalmente fuera de plano. Su sensibilidad los hace particularmente elusivos para la narración por medio de imágenes. Son sus almas lo que escapa al objetivo, pues su mirada es capaz de atravesar la apariencia, incluso lo subjetivo, para alcanzar al menos ciertos fragmentos del núcleo, del sentido de lo que llamamos “realidad”, del resplandor y los destellos de la forma eterna. Si el cine se acerca a esas vidas sin contar con el silencio —con el peculiar modo en que el cine narra el silencio—, el naufragio está casi asegurado. El eco sereno del todo que a ellos les ha sido concedido escuchar, puede ser transformado en ruido ensordecedor[2].

En este sentido, me parece que el caso de Tolkien (Dome Karukoski, 2019) ha resultado un intento fallido. Me gustaría reflexionar sobre los porqués sin entrar en detalles del pasado artístico de los responsables de esta producción, ni en nada que no sea mi impresión tras ver la película, y ponderarla pausadamente.

En primer lugar, me resultó una cinta aburrida. Mucho. Aun cuando no se tratase de Tolkien, si nos atenemos al retrato de la horquilla temporal de la vida del escritor, cabría afirmar que se trata de una existencia un tanto monótona y hasta cierto punto irrelevante. No es que la vida de Tolkien fuese una sucesión de momentos estelares, álgidos. Pero, precisamente porque Karukoski ha llevado a la pantalla los años que abarcan desde aproximadamente 1900 hasta 1917 (con una coda que ilustra de forma plana y somera su vida familiar y profesional en Oxford), cabía esperar —yo al menos lo deseaba en mi incorregible optimismo— un acercamiento más sutil, más profundo y sensible al misterio que envolvió aquellos años clave en la construcción interior de este hombre egregio, sobre el telón de fondo del final de una manera de ver el mundo y la vida[3]. Entre los pliegues de esa vida se cocinó nada menos que una mitología inventada a partir de las palabras y de la creación de idiomas nuevos; pero también de un espíritu vigoroso y apasionado, sensible a la vida del espíritu y a Dios, una personalidad jocosa, leal, perezosa e incluso, en ocasiones, desesperanzada. Y, puesto que eso es (parece) el núcleo de lo que el guión presenta a la consideración estética de los espectadores, la expectativa era que la película se adentrase en el terreno de lo que va más allá de lo obvio. A eso me refiero con el término misterio.

Lo obvio en la película es el continuo establecimiento de relaciones causa-efecto entre sucesos de la vida de Tolkien, y pasajes o personajes de su subcreación. Bien. Puede que tales relaciones sucediesen o puede que no, pero el tratamiento artístico del modo en que las vivencias pasan a formar parte de la obra artística de —en este caso— un escritor, requiere una suerte de difícil funambulismo. Hay una sutileza que, si no es alcanzada, retrata al director y lo deja en evidencia: en la evidencia de lo que lleva el sello de lo impersonal, de lo ya visto una y mil veces. Desde el punto de vista de la planificación y la puesta en escena, se trata sin duda de una película sin personalidad visual. La resolución de las situaciones dramáticas adolece de un modo de hacer cine ni siquiera academicista, sino sencillamente ramplón. Un ejemplo de esto (entre muchos), es la secuencia en la que Edith y John Ronald escuchan la ópera desde los bastidores, al no haber podido permitirse pagar la entrada. El movimiento de la cámara alejándose de los protagonistas en el momento del clímax, resulta paradójicamente plano desde el punto de vista emocional (¡y muy largo!), y queda la sensación de que a esa perspectiva le falta un punto de fuga dramático claro y bien delineado. A su vez, la átona dirección de actores se percibe en un esfuerzo continuado por parte de Lilly Collins (Edith) para hacer que funcione una relación que carece del menor asomo de química, lo cual da como resultado algunos diálogos tan cursis como inverosímiles.

A este respecto, creo que el guión naufraga no sólo por obvio, sino porque no se ve una línea de evolución firme que permita colocar el drama y los personajes en lugares precisos mientras se suceden los cambios; y dos horas de metraje es demasiado poco tiempo si no hay una mano maestra al timón del relato. Lo serían incluso cuatro si se desconoce el punto de destino.

En el capítulo del haber, sí me gustó el niño que interpreta a Tolkien en lo que correspondería a los años 1901-1904. Tiene una mirada intensa y un aura semejante al que podemos observar en las fotos del autor a esa edad, y su actuación es resuelta y fresca. Aun cuando la secuencia en la que declama de memoria a Chaucer resulte efectista —al igual que apenas se esboza la afición de Tolkien por la invención de idiomas a esa edad, y mucho menos el tiempo y el modo de crearlos—, vemos en él una gallarda alegría y una genuina pena muy cercanas al original.

Pero Nicholas Hoult, el actor que encarna a Tolkien durante la mayor parte de la película, es un desastre. Demasiado hierático, en exceso inseguro, da la impresión de no saber manejar las complejas emociones del biografiado tal como las afronta el guión: ¡casi todo el tiempo está perplejo! Si hay una pasión dominante en él es la preocupación casi obsesiva por la escasez de dinero, algo que no se corresponde en absoluto con lo que sabemos de Tolkien, y que en la película es tratado como una carga vergonzante para el protagonista. No lo fue.

Qué decir sobre la figura del P. Francis Morgan, tutor legal de los hermanos desde la muerte de Mabel Tolkien en 1904. Parece que el director no sabe lo que es un sacerdote católico, y desde luego no tiene ni idea de quién fue Morgan ni qué significó para John Ronald y Hillary Arthur. Una mirada, aun somera, a cuatro libros —el epistolario publicado del autor, la biografía de Humphrey Carpenter, el estudio de John Garth sobre la Gran Guerra y la biografía del P. Morgan escrita por José Manuel Ferrández Bru[4]— habría dado la perspectiva ajustada sobre las luces y sombras de este hombre notable, sacerdote del Oratorio fundado por John Henry Newman en Birmingham, sin cuya atención, cariño y desvelos no cabe comprender el modo en que Tolkien atravesó el umbral de la adolescencia. La secuencia en la que el joven Ronald reprocha a su tutor la prohibición impuesta de no ver a Edith hasta llegar a la mayoría de edad resulta tan tópica como falsa, y desde luego el anatema de no entender el amor humano por ser célibe es, sencillamente, errónea por simple. Si hubo desencuentro —y sin duda lo hubo, y profundo—, el modo en que Tolkien expondría su desacuerdo y frustración no sería desde la acusación de incapacidad para comprender lo que significa estar enamorado.

En lo que respecta a las personas clave en la formación de Tolkien durante sus años universitarios, sólo me gustó, y con salvedades, la aparición del genial Joe Wright, tristemente desaprovechada en unas deshilvanadas reflexiones sobre el lenguaje y la metáfora, o en la que podía haber sido una tremenda y vibrante secuencia durante el anuncio de la entrada del Reino Unido en la Guerra. Una somera planificación que acentuase la soledad y el advenimiento de algo terrible, un diálogo más extenso y pausado —que hubiese contado, por tanto, con sus silencios—, otro tempo narrativo para ese segmento, y quizá el espectador hubiese comprendido mejor la sensación de cortina rasgada que los espíritus sensibles percibieron en 1914, cuando se incoaba el “adiós a todo aquello”, mientras toda una generación se lanzaba a la carrera rumbo a la muerte en una siega a sangre y fuego[5]. Sin embargo, parece que el cine comercial se ha hecho impermeable a la profundidad, a la renovación de las formas de mirar y contar. Como si las fórmulas que aseguran el “éxito” (esa maldita palabra) fueran las únicas guías a seguir: sin arriesgar, sin dejar nada a la improvisación. Sin vida.


***
Aunque parezca fuera de lugar, quiero ahora volver a un aspecto que considero fundacional en la estructura del guión. Tal como arranca la cinta, parece que la amistad entre Tolkien y uno de los cuatro miembros de la T.C.B.S., Geoffrey Bache Smith, es el andamiaje que sostiene todo lo demás en cuanto a la distribución temporal de la trama, y al peso dramático y evolución de la diégesis. Pero el guión no aporta suficiente información sobre el modo en que esa amistad peculiar cuajó dentro del grupo, ni de cómo creció paulatinamente en hondura en tan poco tiempo. Mucho menos se comprende que la búsqueda que Tolkien lleva a cabo de Smith por las trincheras actúe como su motor emocional. Más bien parece que el director quiera llamar nuestra atención sobre la lealtad del scout que acompaña y ayuda al joven oficial Tolkien por el laberíntico entramado de las trincheras del Somme: ¡se llama Sam! Con todo, reconozco que la lectura en off de la carta de despedida de Smith —el texto corresponde de manera literal a la nota original—, aporta el que es para mí el único momento profundamente emocionante de la película, y es mérito que debe ser reconocido.

Sin embargo, para el espectador que en el momento de sentarse a ver la película no sabe nada de la vida de Tolkien, la mayoría de las relaciones planteadas se presentan como actos de fe: tienes que creer que Edith y Ronald están enamorados, o que los cuatro amigos lo son. En lo que se refiere al ámbito de esas amistades universitarias, me resultó imposible no sentir vergüenza ajena en la escena en que uno de ellos grita "¡vamos a cambiar el mundo!", o la insinuación de los celos que el personaje de Tolkien siente durante la merienda con Edith y la T.C.B.S. en Barrow's Stores. También queda incompleta la conversación entre John Ronald y la madre de Smith tras la muerte de éste, carente del patetismo que cabría esperar. Tratándose de elementos dramáticos de primer orden en la jerarquía de lo que el director está contando, resulta como mínimo chocante que no se dé más relevancia a los modos en que se construyen las relaciones. Si no tienes el talento de Peter Weir para dar fuerza y cohesión a un club de poetas muertos, jóvenes e idealistas, es mejor no tomar atajos. Para cuando llega la hora de ir cerrando la historia, la audiencia tiene que forzarse a creer, a emocionarse... y el tímido globo termina por desinflarse.

En fin, nada que (desgraciadamente) no esperase. Hace tiempo que mantengo muy bajas mis expectativas antes de ver las películas que a priori y por decirlo de algún modo, me apetece ver: desde las producidas por Marvel a las de este tipo, e incluso —tristemente— las últimas salidas de los estudios Pixar. Todas, una tras otra, parecen haber nacido rendidas al criterio de la eficacia (en taquilla), o haber sido concebidas desde el deslumbramiento visual: los fuegos de artificio. Nada de riesgos, poco de profundidad, guiones ralos. Show me the money, y poco (o nada) más. En Tolkien ni siquiera la música es memorable, aun habiéndola compuesto nada menos que Thomas Newman. Me pareció notorio el esfuerzo por salvar del naufragio algunas secuencias especialmente emocionales, pero poco o nada emocionantes.


En definitiva —y con esto termino—, la película me parece epidérmica y fácil de olvidar. Por el lado de lo más pragmático, ha sido un fracaso en taquilla. Ha estado guardada en el cajón durante más de dos años —señal de que el propio estudio no tenía muy claro qué hacer con ella, o a qué tipo de público llegar—, y para cuando se le ha intentado dar vuelo se ha revelado una cometa rota. La gente joven no ha ido, y tengo para mí que sólo los lectores de Tolkien han acudido a las salas; no sé con qué resultados. Quizá el material (la vida y el alma del autor en esos años) haya sido demasiado para Karukoski y los guionistas. Fueron años densos, que requerían otro punto de partida, otros ensamblajes para un andamiaje distinto. Pero había dinero y el personaje tiene tirón (comercial, parece). Así que, en el momento de encajar las piezas, el rompecabezas se reveló demasiado matizado y las manos que intentaban resolverlo, demasiado torpes o vulgares. Y así se perdió una nueva ocasión de hacer algo memorable.





[1] Ya en 1900 se estrena una película sobre Cyrano de Begerac (Clément Maurice).
[2] A modo de ejemplo, escogeré dos películas sobre artistas plásticos, la prescindible y fallida Mr. Turner (Mike Leigh, 2014), y la extraordinaria A las puertas de la eternidad (Julian Schnabel, 2018), en la que Willem Dafoe da vida (literalmente) al genio de Van Gogh. Abundan las películas biográficas semejantes a Mr. Turner; ni mucho menos, desgraciadamente, las del segundo tipo. Y mientras Hollywood corona a uno de los miles de imitadores de Freddie Mercury con el Oscar a mejor actor por una interpretación fácil, Dafoe queda relegado a una mera candidatura sin otro brillo que el momentáneo reclamo para el buscador de novedades en la cartelera.
[3] Los años que median entre aproximadamente 1870 y el estallido de la Gran Guerra en 1914, suelen ser considerados el final del Antiguo Régimen. No me refiero al fin del absolutismo monárquico como forma de gobierno, sino al derrumbamiento del mundo tal como fue conocido hasta finales del siglo xix. El mundo acabó en 1918, y aún vivimos rodeados por las cenizas que reptaron para salir de las trincheras, mientras se escuchan con total claridad los ecos de sus estertores. Existe una bibliografía exquisita sobre este momento histórico. Sin ánimo de ser exhaustivo, apuntaré algunos títulos imprescindibles: P. Fussell, The Great War and Modern Memory. Oxford: Oxford University Press 1977; S. Zweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo. Barcelona: Acantilado 2001; B. Tuchman, La torre del orgullo (1890-1914). Barcelona: Península 2007; R.J. Evans, La lucha por el poder. Europa 1815-1914. Barcelona: Crítica 2017; P. Blom, Años de vértigo. Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914. Barcelona: Anagrama 2010; R. Graves, Adiós a todo eso. Barcelona: De Bolsillo 2002; S. Sassoon, Memorias de un oficial de infantería. Madrid: Turner 2002; P. Englund, La belleza y el dolor de la batalla. Madrid: Roca Editorial 2011; Lord Moran, Anatomía del valor. Madrid: Arzalia 2018; M. Gilbert, La batalla del Somme. Barcelona: Ariel 2009; R. Rolland, Más allá de la contienda. Madrid: Nórdica libros 2014; y W. Owen, Poemas de guerra. Barcelona: Acantilado 2011.
[4] Cartas de J.R.R. Tolkien, (C. Tolkien y H. Carpenter, eds). Barcelona: Minotauro 1993; H. Carpenter, J.R.R. Tolkien. Una biografía. Barcelona: Minotauro 1990; J. Garth, Tolkien y la Gran Guerra. Barcelona: Minotauro 2014; J.M. Ferrández Bru, El tío Curro. La conexión española de J.R.R. Tolkien. Luna Press Publishing 2018 (2ª edición, revisada).  Para el espectador que desee saber más (y mejor), la lectura de estas cuatro obras de referencia arroja una brillante luz sobre los puntos clave de la vida de Tolkien durante aquellos años formativos. Y, como toda luz poderosa, no suprime los claroscuros, sino que los acentúa adecuadamente para que destaque lo literalmente relevante: aquello que tiene relieve. No dudo que los guionistas se habrán documentado a fondo para elaborar el relato cinematográfico, pero a menudo éste adolece de un tratamiento de brocha gorda, cuando lo que precisa la historia es un fino pincel. 
[5] Es una pena, además, disponer de un actor del calibre de Derek Jacobi, y desaprovechar su presencia y talento. La vida del Wright es digna, de suyo, de una película, al estilo de The Professor and the Madman (Farhad Safinia, 2019), sobre la vida y obra de James Murray, el primer recopilador de lo que llegaría a ser el Oxford English Dictionary. ¿Alguien se atrevería a escribir ese guión en esta época “devota de lo fútil e instantáneo”, en feliz y terrible expresión de Tolkien?