martes, 1 de abril de 2025
Demagogias y sentido de la Universidad
lunes, 12 de febrero de 2024
El imposible listón del mito
Acabo de terminar la lectura del libro de Roland Lazenby, Michael Jordan. La biografía definitiva (título original Michael Jordan: the Life). La obra fue publicada en 2014 en Estados Unidos, y en 2020 en España, donde ha alcanzado ya su segunda edición, lo cual es muestra más que evidente del interés que sigue despertando la figura del jugador que, entre otros logros, consiguió cambiar el baloncesto para siempre. Ahí es nada.
Se trata de una biografía que esquiva el habitual riesgo de este tipo de ensayos, a saber: convertirse en hagiografía del biografiado o, por el contrario, en juicio sumarísimo. En ambos casos la parcialidad en uno u otro sentido suele llevarse por delante el retrato equilibrado que el lector espera y merece encontrar. Lazenby ha manejado una bibliografía abundante y muy detallada, así como multitud de fuentes audiovisuales para retratar una de las vidas más públicamente omnipresentes en la historia reciente. El resultado no sólo es solvente, sino —me atrevo a afirmar— bastante ajustado a la realidad.¿Cómo puedo afirmar algo así con tal rotundidad? Bueno, yo vi jugar a Michael Jordan. Y fui testigo del modo en que evolucionó como jugador total a partir de 1982 y, poco después, en los Juegos Olímpicos de 1984, a lo largo de una fulgurante carreta de casi quince años en la NBA, hasta su retirada como jugador de los Washington Wizards en 2003. La fascinación que me causó en mis años adolescentes, y la confirmación exponencial de su talento y capacidad únicas, lo convirtió a mis ojos en el epítome de lo que debía ser el jugador de baloncesto perfecto.
Sin embargo, su creciente popularidad y la enorme presión que genera estar siempre en el centro del escenario, la expectativa que incluso su carisma extendía a su paso, dio lugar a un lógico desequilibrio entre la realidad de Jordan, el ser humano, y Jordan el mito.
Ahí es donde el bisturí de Lazenby actúa con exquisita precisión, mostrando sin juzgar los profundos claroscuros de la vida del fenómeno: su mezquindad y desprecio hacia quienes no estaban a la altura de sus expectativas, su vida embarrada en las apuestas, el juego y los excesos, su carácter despótico e irreverente disfrazado de competitividad insaciable. Michael Jordan ha sido el mejor jugador de la historia del baloncesto, y nunca habrá otro como él. Pero, al menos durante los años de su apogeo, fue un hombre difícilmente soportable, engullido por su propia leyenda. Los atenuantes, como es lógico, existen: Jordan vivía devorando su propio mito, en una especie de proceso de autodestrucción imparable que hundía sus raíces en su carácter competitivo, en la necesidad de estar demostrando y demostrándose que era capaz de doblegar a cualquier competidor... incluso a sí mismo.
Para quienes quieran conocer en profundidad al famoso número 23 de los Bulls, no se me ocurre mejor recomendación que la lectura de esta biografía, complementada con el documental producido por Netflix, "El último baile".
La ponderación de este caso único de fama e infamia confirma, una vez más, mi convicción de que no está hecho el ser humano para la mitificación y la celebridad. Y la incesantemente renovada búsqueda de ídolos a los que adorar es una prueba más, trágica como la vida misma, de que estamos hechos para el infinito. Demasiado desafío para los simples mortales "destinados a morir".
miércoles, 24 de enero de 2024
Metafísica o no: ésa es la cuestión
La exculpación del "arte contemporáneo" —en lo que este sintagma tiene de noción tremendamente imprecisa— y la condenación de los disidentes —de los que pensamos que mucho de lo que se considera arte contemporáneo es una tomadura de pelo—, establece otro discurso de contrarios inconmensurables cuyo encuentro es imposible. Ocurre en terrenos como la ética, según explicó hace ya tiempo Alasdair MacIntyre; en la política —para qué hablar—; y en tantas otras esferas de este momento polarizado de la historia.
La irrelevancia de cierto arte contemporáneo —el de las a menudo burdas ocurrencias—, es demostrable desde los ojos del espectador sencillo. Frente a la irrelevancia de ese 'arte', lo que sí resulta relevante es el final del célebre cuento de los Grimm sobre las andanzas del emperador desnudo. No hace falta alguien que denuncie a los hampartistas, desde Yoko Ono hasta Duchamp: la mera colocación en la misma frase de Van Gogh, Warhol y Duchamp es ya un atentado contra el sentido común.
Pero esto que afirmo sólo alimentará la polaridad, la demonización y los intentos infinitos de exorcizar a quienes ninguneamos a los lumbreras que inventan ese 'arte' que requiere una justificación —una narrativa, un relato—, que nos quieren convencer de que el arte tiene que denunciar esto o aquello. Como si la belleza no fuera, ipso facto —ipsa essentia—, denuncia suficiente en un mundo podrido.
Quizá ésa sea la clave de todo: que en cierto 'arte' contemporáneo hace muchas décadas ya que la más obvia metafísica fue cancelada (asesinada, más bien), para ser sustituida por un discurso autorreferencial de autobombos y onanismo pedante que vive de maravilla, blanqueando o no dinero; me da igual (porque eso también es, en última instancia, irrelevante, aunque muy revelador). Chillida era amigo de Heidegger y entendió muy bien incluso su metafísica, que no es la clásica. Pero hace falta mucho Arte para llegar a ser Chillida. Tanto, que para un ejército de mediocres y caraduras es mucho más fácil pegar plátanos en las paredes.
Condenar a quienes no admiran o siquiera aceptan como arte algunas —o muchas— obras contemporáneas (las posteriores a las vanguardias del siglo pasado), y llamarlos odiadores o incultos, es una muestra enorme de soberbia, de esnobismo o, más sencillamente, de ignorancia. Porque no se combaten los prejuicios con prejuicios, ni las condenas con otros anatemas.
miércoles, 17 de enero de 2024
Deporte, dones excepcionales y humildad
Hace tiempo barruntaba la idea de escribir estos breves pensamientos sobre algo que vengo observando en el deporte profesional. Creo que se trata de un problema cuyas raíces están hundidas en la desproporcionada importancia que ha ido adquiriendo el deporte o, de manera más precisa, de la que le damos en nuestras sociedades contemporáneas desde finales de los años 80 del siglo XX.
Centraré mi atención en dos elementos, aunque hay otros factores también interesantes.
Por una parte, las celebraciones que siguen a los tantos —sean canastas, touchdowns, goles...—. Hay en esas algarabías una especie de exageración desaforada. Mirada con cierta racionalidad resulta simplemente ridícula. Es cierto que el deporte desata pasiones (a menudo en exceso), y que la adrenalina es un poderoso gatillo bioquímico de nuestro ánimo, de todo punto enemigo de la mesura. Pienso, sin embargo, que la reacción que sigue a estas anotaciones revela algo más sutil: una especie de absolutización del espectáculo, como si la victoria lo fuese todo, una suerte de elixir para aplacar un anhelo que habita en muchas personas como un pozo sin fondo.
Porque, en efecto, el pozo no lo tiene, toda vez que hemos sido hechos para una sed de infinito que no hay Jordan, Messi o Nadal capaces de saciarlo.
Muchos me dirán que no entiendo el "sentimiento" de ser hincha de un equipo. Yo les digo que, a Dios gracias, no soy forofo de equipo o deportista alguno, por más que tenga mis preferidos. En España esto sucede sobre todo con el fútbol, pero no sólo. En Estados Unidos tienen sus cuatro grandes ligas, aunque allí el "forofismo" se vive de otra manera, y es habitual ver a los hinchas mezclados sin ningún tipo de problema. Qué envidia.
Pero volviendo al "forofismo" español: el sentimiento y "los colores" no son excusa. Se nos ha dado la inteligencia para que la utilicemos, para que empleemos la razón en la tarea de equilibrar precisamente esa esfera de lo sentimental, de lo menos racional: de lo que con demasiada frecuencia ha llegado a provocar espectáculos bochornosos, y a causar imprudencias y desgracias del todo evitables.
Es perfectamente posible ser seguidor de unos colores sin por ello perder la cabeza (ni el corazón). Se puede dar razón de una pasión, a eso me refiero. Viceversa es más complicado.
Por otra parte, ciertas actitudes en la relación que se da entre jugadores rivales en algunos deportes de equipo. Es tristemente habitual ver a deportistas de élite despreciar al contrario cuando consiguen superarlo. Gestos y palabras que sirven para desafiarlo, insultarlo o humillarlo de maneras tan diversas como infrahumanas. El 'in your face' se ha convertido en un mantra análogo a lo que he explicado sobre la pasión sin el equilibrio que otorga la inteligencia.
Hemos convertido a un grupo de seres humanos especialmente dotados en algo que ni son ni pueden llegar a ser. Esperamos de ellos cierto tipo de redención, el consuelo de la esperanza que está en el núcleo de nuestra común humanidad.
Pero pensemos esto: se podría realizar un vídeo muy extenso con las jugadas desastrosas, con los fracasos y pérdidas de balón ridículas, con los 'mates' errados y los tapones recibidos, con los balones perdidos o los goles fallados a puerta vacía (o casi), o con la ayuda denegada para ayudar a un rival a levantarse, de algunos de los mejores jugadores de la historia de cada deporte. Ese vídeo mostraría la ingente evidencia de que somos —también los elegidos— simples mortales, sometidos al imperio permanente de la falibilidad, el orgullo y, más sencillamente, la estupidez.
Y frente a quienes se creen únicos e inmortales por un don que han recibido —aun cuando en muchos casos hayan trabajado con perseverancia para hacerlo fructificar—, se yergue, testaruda, la única protesta válida para el ser humano: la humildad. En esa esfera es donde un eximio puñado de esos elegidos consigue, paradójicamente, ascender al sanctasanctórum de los verdaderamente grandes: aquéllos que nunca olvidaron que lo que tenían lo habían recibido y que, por tanto, debían mostrar su agradecimiento compartiendo la alegría que surge de llevar el don a su plenitud.
miércoles, 24 de mayo de 2023
Racismo y frustración
Las reacciones que está desencadenando el "caso Vinicius" merecen, creo, cierta ponderación. No querría yo que estas líneas añadieran confusión a la cacofonía, pero deseo matizar algunas cosas.
Me llama la atención la actitud de los que chapoteando en estos lodos quieren absolver al futbolista, y prácticamente canonizarlo. Verbigracia, el presidente del Real Madrid. Y no seré yo quien diga que lo que le está sucediendo a Vinicius se lo ha ganado él solito. No creo que sea así. Pero tampoco considero que este futbolista sea del todo inocente. El comportamiento que cabe esperar de él no es el que demuestra las más de las veces. Sus gestos, el hecho mismo de encararse y responder a los imbéciles que lo insultan, su incapacidad para gestionar esa presión de otras maneras —que las hay—; todo eso, digo, se me antojan las llamas que alguien intentase apagar con gasolina.
Si ya de por sí demasiados de los que asisten a un partido de fútbol (o de baloncesto) tienen el gatillo fácil para desahogar toda su frustración con el árbitro y su familia, o con este entrenador o aquel jugador del equipo contrario, ¿no cabría pensar que el problema no es el racismo? Gritarle a un jugador negro esto o lo otro, o "moro", o lo que toque en cada triste momento, no es sólo ni principalmente racismo. Es la enésima demostración de que la masa se esconde dentro de sí, cobarde, para vomitar lo peor de cada uno desde el anonimato. El fútbol, el baloncesto, y no muchos más deportes —creo que esto sólo sucede en los de equipo— son el escenario para que la fauna desbocada saque lo peor de sí. Pero lo peor de sí es demostración de una profunda carencia de humanidad: es señal de una existencia frustrada en mayor o menor medida. Si el punto de fuga de alguien consiste en acudir a un estadio cada quince días —o menos, porque cada vez hay más fútbol—, y chillar su basura, entonces estamos ante un problema mucho más grave, mucho más de fondo, que el racismo o cualquier otra forma de intolerancia.
Por eso, no creo que debamos buscar la solución en medidas penales. Los castigos, por más que en este caso y otros análogos sean necesarios, nunca son correctivos. A los hechos me remito: Eto'o, Roberto Carlos, Alves... Y aquí seguimos, como quien quisiera sanar a un moribundo con tiritas. El hecho mismo de que un país que se considera avanzado vea crecer sin cesar el grosor de su código penal, debería ser señal más que evidente de que hay muchas cosas que no funcionan como deberían. Si unos tipos de entre diecinueve y veinticuatro años han ahorcado un muñeco en medio de una autopista, u otros han hecho tales gestos o han proferido insultos contra Vinicius, ¿de verdad la solución es el gran hermano, rebuscar en las imágenes al estúpido de turno? No lo creo. Obrar así llenará nuestros juzgados de indeseables —unos juzgados paralizados ahora por una huelga que pinta fea, y larga—, pero no aportará otro remedio que la postergación del problema. Porque no hay niño o adolescente que madure sin sentir de verdad el peso de una responsabilidad, de una obligación que cambie su manera de ser, y no sólo su modo de obrar por miedo a un castigo.
Lo que asusta más que todo esto, creo, es ver a hombres hechos y derechos acompañados de sus hijos o nietos, gritando como posesos, dando a entender con sus obras que portarse como un energúmeno es moneda de cambio con la que pagar el peaje que conlleva crecer.
Yo no tengo la solución a este problema, y no creo que sea fácil dar con una que sirva de verdad y de manera permanente. Seguiremos castigando, prohibiendo la entrada a ciertos estadios a un número amplio de homínidos con el neocórtex atrofiado por falta de uso, rebuscaremos en las imágenes a las bestias vociferantes, cargando a las cuentas del club de turno la barbarie de sus —qué término tan preciso— "hinchas"...
Pero no me parece del todo mal eso de suspender automáticamente el partido cuando suceda lo indeseable. Porque la masa fanática no soporta que le quiten su pan y su circo. Aunque, como suele ocurrir, paguen justos por pecadores.
lunes, 15 de mayo de 2023
Las soledades sonoras de Pedro Delgado
Pedro Delgado & Ainara Hernando Nieva, La soledad de Perico. Barcelona: Planeta, 2023
Tiene este libro la virtud de convertir la voz familiar de Pedro Delgado en un resonar constante de la nostalgia y la humildad, de los logros y la aceptación de las propias limitaciones, de la idiosincrasia de una época de la historia reciente de España en un momento bisagra de la evolución del ciclismo moderno.
Ainara Hernando pone por escrito los recuerdos (en el sentido etimológico: lo que vuelve a pasar por el corazón para ser ponderado) de un campeón que pudo haber alcanzado mayores metas, pero que no supo, o no pudo escapar de sí mismo. Con todo, queda la imagen de un hombre sencillo y fiel a su modo de entender la vida, el deporte y su propio papel en tal escenario, lo cual es muy de agradecer en estos tiempos de narcisismo cateto, de figurones de fuego artificial, de deporte 'fast food'.
Especial atención merece el retrato que construyen los autores de la madre de Delgado, y el epílogo final en el que queda condensado el espíritu de un ciclismo que ya no existe. Sin embargo, y a pesar de eso, no estamos ante las memorias de un melancólico, ni de un hombre que considere que cualquier tiempo pasado fue mejor. Este libro contiene las confesiones fragmentarias de un ser humano que ha hecho las paces consigo mismo, hasta donde tal cosa nos es permitida.
lunes, 1 de mayo de 2023
Buena Fortuna

martes, 24 de enero de 2023
Belleza áspera
Después de publicar en 2017 Tierra salvaje, Hermida Editores nos trajo en 2021 la traducción de otra novela de Robert Olmstead, Caballo negro carbón (Coal Black Horse, 2007). En 2022 apareció una tercera, Lejana estrella brillante, actualmente en proceso de adaptación a la gran pantalla. Parece una apuesta firme sobre un autor no sólo solvente, sino poseedor de una voz propia, tan rotunda y áspera como la tierra y el tiempo mismo en que enmarca sus narraciones.
Caballo negro carbón es un relato duro y hermoso, con ese aroma de las historias del maestro Cormac McCarthy —para mí, el mejor piropo que se puede dedicar a una novela en estos últimos años—. Sobre el telón de fondo de la Guerra de Secesión en los Estados Unidos, y más en concreto de la terrible batalla de Gettysburg, Olmstead confecciona un relato iniciático —casi adánico— sobre los ciclos de la naturaleza, el sentido de la vida y la muerte, la evanescencia de la belleza y esa huidiza cualidad que posee la esperanza.Hermida Editores publica perlas como
esta. Ojo.
sábado, 7 de enero de 2023
Heroísmo y cotidianeidad
Bien. Hasta aquí los hechos.
A medida que han ido pasando
los días, y de manera paralela a la mejoría inopinada del estado de salud del
jugador de los Bills, ha crecido esa morbosa manía de escarbar en la actualidad
para saciar la macabra sed de novedades ante las malas noticias, consumadas o
no. Los medios informativos estadounidenses han desplegado la habitual
cobertura omnipresente, con ese peculiar tipo de horror vacui tan característico
del periodismo de tinte más o menos sensacionalista.
Es entonces cuando Denny
Kellington comienza a ser tildado de “héroe” por los medios deportivos de su
país, desde ESPN hasta la última cadena local. Es un héroe por haber salvado la
vida de Hamlin. Es un héroe por haber mantenido la cabeza fría y haber actuado
con rapidez. Es un héroe por haber hecho su trabajo bien y con diligencia.
Durante los momentos más duros
de la pandemia tuvimos ocasión de ver este comportamiento colectivo, acrítico,
que tildaba de heroico el trabajo de los profesionales de la salud. Lo hemos
visto con los bomberos y con la policía. Lo vemos y lo veremos ante personas que hacen lo que tienen que hacer.
Sin embargo, al menos yo no
los considero héroes por el hecho de realizar su trabajo. Lo verdaderamente
heroico sucede en el ámbito de lo puntual, de la ocasión del todo excepcional. Para el que hace de manera habitual su trabajo de un modo
excelente, el heroísmo no es tal: se trata tan solo del cumplimiento leal,
honrado y diligente (del latín diligere, amar) de la obligación que uno
ha escogido como forma de vida y de servicio a los demás. No es un héroe el
repartidor, ni lo es la maestra; no lo son el juez ni tampoco el panadero, la
médico, el obrero o la estudiante que se esfuerzan por dar lo mejor de sí. No
son héroes los padres que viven su vida como tales: son personas normales asumiendo con responsabilidad las consecuencias de sus
elecciones.
No sé si necesitamos héroes para estos tiempos romos, grises y desesperanzados. Es posible. O quizá ya no somos capaces de llamar por su nombre a lo que es —o debería ser— normal; es decir, adecuado a la norma. Para mí Denny Kellington no es un héroe. Es, sencillamente, un estupendo preparador físico capaz de hacer su trabajo en el momento preciso… con toda precisión. No será su heroísmo lo que asegure su futuro, sino su contrastada profesionalidad: la normalidad que alcanza el que hace de su deber un hábito. Sin aspavientos ni alharacas: con esa humildad que, en el decir de Cervantes, es la única verdad.
sábado, 15 de enero de 2022
Encanto sin gracia
Anoche tuve ocasión de ver la última película de la "factoría Disney". Y empleo "factoría" de intento, porque este todopoderoso estudio, en otro tiempo un lugar de maravilla en fondo y forma, se ha convertido en las últimas décadas en una mera fábrica. ¿Y qué fabrica? Dinero, amigos; fabrica dinero a cambio de mensajes edulcorados al servicio de las ideologías 'woke' actualmente de moda. Disney es uno de los profetas del nuevo, aburrido, falaz rasero de los moralistas de la posmodernidad.
Digo esto porque "Encanto" (Byron Howard & Jared Bush, 2021) parece una nueva muestra de lo que ha devenido la marca de la fábrica: una portentosa puesta en escena, una técnica de animación superlativa, el no va más..., al servicio de un guion pobre, ramplón, bienintencionado y, en última instancia, superficial.
La historia que cuenta esta película revela esa visión tan estadounidense a la hora de encarar una realidad adversa: una magia sin gracia —es decir, una magia que no es consciente de que este mundo es, de suyo, sobrenatural: que lo que llamamos "natural" es lo más milagroso del mundo—; una visión calvinista del ser humano que nos insiste en que es la voluntad la que hace realidad las cosas —"yes, we can"—, y no el don que sostiene nuestra esperanza en todo momento. "Encanto" es una película sin encantamiento, sin asombro —la cualidad que Aristóteles señalaba como el inicio de la sabiduría, y Chesterton como la señal de la sabiduría infantil, de la deseable inocencia perenne de la mirada—. Presenta un mundo donde hay que creer en la magia como un imperativo categórico, pero donde la gratuidad del regalo que es la vida queda reducido, como suele suceder, a buenas intenciones, a sentimentalismo lacrimógeno, a fe sin esperanza.Una apabullante producción, una paleta de colores maravillosa, una película técnicamente brillante, y poco más. Ni siquiera las canciones —tan aburridas, tan innecesarias las más de las veces— logran salvar esta cinta olvidable.
miércoles, 22 de diciembre de 2021
Pizcas de paraíso
Acabo de terminar la lectura de un libro cuya autoría es compartida por Francis Scott Fitzgerald y su esposa, Zelda Sayre Fitzgerald: Pizcas de paraíso (Barcelona: RBA, 2009). No pretendo hacer aquí una reseña del libro —una colección de relatos breves de ambos, alguno de ellos a cuatro manos, otros atribuidos a él, pero escritos por ella—. Tan sólo quiero dejar constancia de que, si bien es cierto que Francis poseía un talento extraordinario para la escritura (elegante, medida, brillante en el modo de retratar los vaivenes del alma humana en los difíciles años 20 y 30, y siempre), cabe decir casi lo mismo sobre el estilo de Zelda. Para mí ha sido un auténtico descubrimiento; uno de ésos que convierten a un escritor en un imprescindible. Y eso es mucho decir.
Totalmente recomendable.
domingo, 17 de enero de 2021
El emperador desnudo
Es la historia de cierto arte contemporáneo (de algo que nos es vendido —literalmente— como arte) una tragicomedia. Tragedia porque corresponde a un grito angustioso del hombre en busca de sentido. Comedia porque a menudo el grito suena estentóreo, ridículo, cursi o, sencillamente, monstruoso.
No me gusta gran parte de lo que se ha dado en llamar "arte contemporáneo". La razón es sencilla: no calma, ni de lejos, el hambre y la sed que hay en mí de algo permanente, la esperanza de una verdad. No es ya la habitual ausencia de belleza, o el exceso de un no disimulado feísmo al que se rinde culto (qué interesante y reveladora paradoja), sino el simple carácter anecdótico de lo ofrecido como arte. La belleza como categoría estética ha sido desplazada (a golpes) por lo programático, por la denuncia, por la ideología. Ya no se nos ofrece la obra como espacio de silencio y contemplación, sino como campo de batalla.
En esta muerte dialéctica de la contemplación la primera víctima es la paz, tanto del artista como del espectador. La obra, incluso como mero artefacto, no es concebida como espacio de búsqueda de una verdad superior, de diálogo, sino que es erigida en ídolo autorreferencial. Y así, cada ocurrencia (a menudo grotesca) del último iluminado, cada performance, intervención o instalación con que se pretende golpear nuestra conciencia, nos deja a la inmensa mayoría (quizá es que somos una mayoría lerda, basta, insensible) sumidos en una actitud de indiferencia rayana en la burla. Es un golpe, sí, pero no tanto a nuestra conciencia, cuanto a nuestro sentido común.
Igual que a aquel chaval que, por niño, fue lo suficientemente sabio como para decir la verdad: que el emperador iba desnudo, y que todo lo que mostraba ante los atónitos ojos de sus súbditos como arte, era simple desnudez.
sábado, 7 de noviembre de 2020
Galgos o podencos
En la cuestión de la sucesión a la presidencia de los Estados Unidos, confieso que lo peor (desde mi limitada perspectiva) es la ausencia de alternativas. La atención de la mayoría de las personas está ahora centrada (como es lógico) en Trump, pero la tragicomedia y el esperpento habitaron ya la Casa Blanca con George W. Bush, por no hablar de su padre; o, más atrás en el tiempo, en los aparentes días de Camelot con JFK, sostenidos sólo y a duras penas (literales) por su Perceval particular, su hermano Bobby. La alternativa de Bush en los inicios de 2000 era nada menos que ¡Al Gore! Pero es que ni Obama fue el mesías que la gente esperaba y al que quisieron entronizar, a pesar de sus evidentes buena voluntad y limitaciones. Tampoco Hilary era mejor que Trump. De hecho, era peor en muchos aspectos, entre otros motivos porque había sido Secretaria de Estado (impulsando una política exterior desastrosa y cruel en Oriente Medio), y por sus inextricables lazos con las oligarquías de Wall Street. (¿Qué decir de su ilustre maridito?).
No veo por qué debemos admitir a priori que Biden es mejor que Trump. Tendrá que demostrarlo, y no sólo en lo que hace a las formas. Resulta sobrecogedor que en toda una nación no haya un solo candidato más presentable (y representativo) que él para el partido Demócrata. O que los resortes oscuros del poder y el dinero no hayan querido o podido dar con ese candidato mejor. Ocurre lo mismo en casi cada lugar de este planeta; en España de manera especialmente dolorosa. Es pobre consuelo, lo sé; pero allá donde miremos, el desierto avanza.
Eso sí: le reconozco a Biden el mérito de esa pacificadora presencia de que ha hecho justa gala estos días, mientras Donald Trump proclamaba su (un tanto paranoica) frustración, tan obvia muestra de su narcisismo como de una no muy brillante inteligencia. Si Biden llega a ser presidente, como todo parece indicar, ¿será un buen presidente? No hablo ya del Jed Bartlet de la ficción de Sorkin sino, simplemente, de un hombre sensato, capaz de gobernar (como pretende) para todos en lo que ahora más que nunca es una nación de antónimos existenciales. Un hombre de su edad (76), con más de cincuenta en política, tendrá tantas deudas y favores que pagar... Es tibio en muchas cuestiones cruciales (algunas de ellas morales), y no parece el tipo de líder capaz de remediar algunas de las graves (del latín gravis, -e, pesado) papeletas que su país tiene sobre la mesa. Lo que quiero decir es que parece el perfecto vicepresidente de las series y las pelis de Hollywood. Y ése no es precisamente un pensamiento alentador.
En fin, así lo veo yo. Only time will tell. En nuestros días, la esperanza, dentro del ámbito de la política, es un lujo que nadie sensato debería permitirse, una suerte de rara avis, y sólo cabe pensar que por lo menos, hay establecido un límite de cuatro años a toda estupidez galopante... Quizá, y en el mejor de los casos.
sábado, 9 de mayo de 2020
Adónde se ha ido la magia (de Pixar)
miércoles, 15 de abril de 2020
Tolkien y la imaginación I
https://www.youtube.com/watch?v=zJB05gKmaOE
martes, 14 de abril de 2020
Maquiavelo o el arte de lo posible
Durante estas semanas he avanzado bastante —al punto de
tener su final en el horizonte cercano—, en una serie que considero fascinante: "House of Cards". Como alguien para quien "The West Wing"
no es sólo su serie favorita, sino la mejor serie de siete temporadas que se ha
realizado hasta la fecha, no puedo dejar de admirarme al considerar ambas obras
de arte como las dos caras de esa tristemente cínica moneda que es la política.lunes, 23 de marzo de 2020
Días desapacibles
Pienso yo que todo esto es, como lo sería en cualquier otro momento, la bendición del cielo cayendo sobre nuestros campos y pantanos, "sobre buenos y malos" por igual. En la Sierra esto será nieve que dentro de unos meses se convertirá en riego y agua para todos, tan necesaria.
Las circunstancias son eso: instancias que nos circundan, como una pregunta dirigida al centro del alma, reformulando la perenne interrogación: ¿qué vamos a hacer, cada uno, con el tiempo que nos ha sido dado?




















